domingo, 1 de enero de 2017

Los Todólogos

Es imposible, al menos a estas alturas. Nadie, ningún individuo, podría abarcar todo el conocimiento que ha desarrollado la sociedad.
Todo el saber que se ha ido acumulando a través de las sucesivas generaciones. Y se ha conseguido, en cierto modo, desde el juego en equipo, mediante la especialización.
Unos se encargan de una cosa, otros de otra y todos disfrutan de los progresos de todos, o así debería ser.
Uno puede intentar ser autosuficiente pero difícil será que aprenda a fabricar un ordenador, programarlo, fabricar un automóvil, sintetizar un fármaco, trabajar la tierra y hacer punto de cruz. Demasiado para una sola vida. Parece evidente entonces que las ventajas del trabajo en grupo y de esa especialización que cada vez se hace más y más concreta son incuestionables. Y para mí desde luego lo son.

Pero no por ello hemos de dejar de observar las contrapartidas. Y es que, cuando uno está con la cabeza muy metida en un tema particular, es inevitable perder algo de perspectiva. Sólo ve el asunto que se trata y es muy fácil pasar por alto la interconexión que pueda tener con otros. Eso al final se puede convertir en un problema muy grande porque, ineluctablemente, cada profesional que alcanza la frontera del conocimiento actual en su área, requiere para los detalles de un alto grado de especialización. Por lo tanto, poco más o menos, se acaba en el mismo callejón sin salida. Entonces, ¿cuál es la solución? No tiene sentido reducir el acervo del conocimiento para que éste quepa en la cabecita de un solo individuo, sería un retroceso imperdonable. ¿Qué manera de avanzar queda entonces? Pues repetir la misma estrategia de trabajo en grupo pero esta vez en lugar de áreas de conocimiento, en grados de especialización.

Y es aquí amigos míos donde entran en acción los TODÓLOGOS, así con mayúsculas, que se lo merecen. Y ojo, que va en cachondeo pero sin sorna. En un principio puede parecer algo contraintuitivo, claro. Que a un especialista con años de carrerra y experiencia venga alguien con nivel de aprendiz palurdo a decirle hacia donde debe dirigir su línea de investigación le parecerá probablemente una ignominia. Y desde cierto punto de vista puede que lo sea. Pero, ay, amigo, si hablamos de perspectiva los todólogos son los reyes. Los putos amos, y la razón es bien sencilla. No es que sean mejores que el resto ni una raza aparte de elegidos, no. (De hecho basta con ponerles a hacer algo concreto y llevarlo a cabo en los detalles para poder resarcirse de la humillación de que superen a los mejores especialistas, dada su incompetencia en lo factual) Pero la razón de que puedan obrar tales milagros es que realmente, para darse una idea, no necesitan saber mucho de nada. Basta con saber un poco de todo. Será por supuesto el cargo más codiciado en la sociedad como se ambiciona más un menú degustación que un menú de cada jueves paella.

Para ser justos y no crear falsas expectativas, hay que decir que no todo el mundo puede ser un Todólogo de éxito. Se requiere un déficit de atención importante y un culo inquieto rozando lo enfermizo o la infestación por pulgas. Es imprescindible el ejercicio activo del olvido. Lo de no acordarse es de amateurs. Así se desprenden del lastre de lo banal para poder volar sobre el resto de mortales especialistas señalándoles, cual divinidad hebrea, el camino a seguir. Si bien la idea no es estar cuarenta años en el desierto. Pero desprendámonos de lo accesorio, como suelo proponer a mis citas. Al final ese esforzado ejercicio del olvido tiene por finalidad retener lo esencial, lo fundamental, lo básico, lo elemental. Ellos son divinidades puesto que el diablo, está en los detalles. Y los todólogos siempre andan muy lejos de eso.

¿Quieren pruebas? Ténganlas. ¿Cómo creen que Flemming descubrió la penicilina? (Podría darse el caso de que además hubiera creado a James Bond, pero no era un todólogo, así que ése fue otro Flemming) Pues muy sencillo, por que la asistente que tenía que retirar aquella podredumbre era una todóloga profesional: estaba pensando en hacer la colada, qué iba a preparar de cena, si el niño se había vuelto a pelear en el cole y a ver si esta noche, por fin... Por supuesto que sí. Ha habido todólogos en todas las épocas pero hasta ahora privados de todo reconocimiento, porque ahora, justamente ahora que el desarrollo humano se encuentra en su cénit, que la humanidad toca el cielo con los dedos, que las sociedades han alcandazo la cumbre más alta hasta la fecha, ahora, es cuando la hostia puede ser más grande. Asumámoslo, la especialización nos está limitando aunque no podamos renunciar a ella. Y es que al final uno puede elegir crecer a lo alto o crecer a lo ancho, pero crecerá lo que tenga que crecer y no más. Así la especialización ha erigido tremendos colosos verticales, desde cuya cúspide ni se ve el suelo y los todólogos son como la mugre que cubre el piso, eso sí, del mundo entero y varias veces.

Y sí, es que dan mucha rabia. Y no, claro que no siempre aciertan. Por no hablar de los detalles. Pero no son sólo necesarios, son ya imprescindibles. Y créanme, cuando un todólogo acierta es una sensación incomparable, no sólo para él si no para la sociedad de la que forma parte. Es parecido a cuando alguien acierta una canasta desde su campo y de espaldas ante un pabellón lleno. La gente enloquece. Como hacer un hoyo de golf al primer golpe con una pala de cricket. Es la revelación de que dios existe en cada uno de nostros. También en los todólogos. ¿Vd cree que alguien podría hacer ciencia a la vez que humor? Pregunte a un todólogo. Obrarán los más maravillosos milagros, pero no se confunda. No deje que le engañen, porque posiblemente lo intenten: no están capacitados para hacer absolutamente nada. Les sobran nueve dedos en las manos, se bastan con el índice para decir: eso es lo que hay que hacer. Y seguramente ni se molesten en decir "hazlo". Eso se da tan por supuesto como el aire que nos separa. Y si Vd aún no lo sabe aguardarán pacientes hasta que lo aprenda olvidándose de su asunto y enfocándose en otro. Al final no son ellos los que se quedan con el problema puesto que van huyendo de ellos en mayor medida que en la que los solucionan.


Es natural que despierten envidias y recelos, rodeados del lujo más excéntrico, los coches más veloces y las mujeres más lentas. Pero es una escasa remuneración por los beneficios que le procuran a la humanidad, llevar el conocimiento un paso más allá, caminando ya no sobre las aguas o sobre las nubes si no sobre el mismo cielo sin base alguna. Hacer posible lo imposible. Seres de luz que iluminan nuestra propia sombra. Así que, cuando enfrente un problema a todas luces irresoluble y se vea incapaz de distraerse de él como haría un buen todólogo, ya sabe donde acudir, ¿verdad? ¿A quién va a llamar? No, a los cazafantasmas se les llama en todo caso justo después que al todólogo. Muchos se estarán riendo, claro. Otros tal vez vean que hay razones muy válidas en esta líneas y piensen que se hallan empañadas por una gran falta de rigor, con lo cual puede que sonrían también. Pero los únicos que en realidad pueden reírse de todo son los auténticos profesionales de la materia del todo. Créalo, señora, créalo, caballero: se lo dice un todólogo.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Amor y odio

-La gente me ama y me odia.
-¿Por qué te aman, maestro?
-Porque les ofrezco la verdad.
-¿Y por qué te odian?
-Porque les ofrezco la verdad.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Fundido en negro


Picaron a la puerta de la habitación. La enfermera, que estaba cambiando la bolsa de suero abrió la puerta.
-Hola, soy el subinspector -----, vengo a ver al paciente ----- ----- -----.
-Sí es aquí adelante.
En la cama, un paciente en estado grave. Acababa de sufrir un accidente. Le habían atropellado cuando volvía del trabajo y podía contarlo de milagro.
Tenía ante sí al policía que debía tomarle declaración una vez su estado de salud, aún revistiendo cierta gravedad, se había estabilizado.
El subinspector se presentó y su primera pregunta fue:
-¿Cómo se encuentra?
El paciente describió un semicirculo ascendente de derecha a izquierda con sus pupilas. La enfermera le había ayudado a apartar la mascarilla de oxígeno.
Estaba cansado y probablemente aturdido debido a los efectos de la medicación y las consecuencias del accidente.
-He tenido días mejores.
La respuesta fue seca pero no pudo menos que despertar una leve sonrisa en su interlocutor.
-Por supuesto. ¿Sabe por qué estoy aquí?
-Para tomarme declaración, sí, me han avisado.
Cabeceó vagamente en dirección a la enfermera. La mitad de su rostro era una paleta de tonos rojos y violetas y algunas pinceladas ocres del antiséptico. Tenía un pómulo muy hinchado que le impedía abrir completamente un ojo cuyo blanco había sido invadido en parte por la sangre.
-¿Cree Vd que está en condiciones de...?
-Sí, sí...
-De acuerdo, entonces...
-Pero no me trate de Vd.
Le costaba pronunciar las palabras.
-¿Perdón?
-Que no me trate de Vd., por favor.
La respiración le era bastante dificultosa y su cara estaba constreñida en una mueca de dolor constante.
-¡Ah, claro! Cómo no. De acuerdo. Bueno, te voy a pedir que me expliques todo lo que recuerdes del accidente, cómo fue, qué viste, todo lo que recuerdes.
Sacó una pequeña libretita del bollsillo de la chaqueta que incoporaba un bolígrafo y la abría y presionaba el boli mientras pronunciaba las palabras. Pura rutina.
-¿Y no sería más fácil grabarlo?
-¿Eh? ¡Ah, grabarlo! Con el móvil dices... Bueno ya hay, hay compañeros que lo hacen, sí. Yo es que ya soy de la vieja escuela, supongo. Bueno, ¿qué pasó?
Le sabía mal preguntar de nuevo pero le costaba bastante entenderlo. Compadecía inevitablemente a aquello que quedaba sobre la camilla del ser humano que un día fue.
El paciente hizo además de incorporarse levemente pero sin apenas moverse un ápice.
-Enfermera, podría...
-¿Sí?
Tras cambiar la bolsa de suero parecía estar repasando que todas las máquinas a las que el paciente estaba conectado estuvieran funcionado correctamente.
-¿Podría dejarnos a solas?
-Claro que sí. Pero si necesita cualquier cosa ya sabe donde está el timbre.
Terminó de revisar la conducción de unos tubos y ya iba camino de la puerta.
-Después vendré a verle.
Su tono era afable. Mientras salía deslizó la mano por encima del hombro del policía a la vez que le sugería en tono algo más bajo pero aú claramente audible:
-No le canse mucho.
Luego ya más alto a ambos:
-¡Hasta luegooo!
Así, alargando la o.
La ceja del inspector que se había arqueado tras escuchar la petición del paciente volvió a su sitio para responder a la enfermera, que se marchaba tras el respaldo de su silla, negando con la cabeza.
-No, no, descuide, será un momento.
La puerta se cerró suavemente.
La ceja del inspector volvió a su posición previa de elevación.
-¿Y bien?
El paciente carraspeó un poco.
-Perdona, ¿me has dicho que te llamas?
-Soy el subinspector ----- -----.
-Subinspector… ¿Y eso es mucho?
-Bueno, es menos que inspector pero supongo que no puedo quejarme.
El amasijo de heridas que era el paciente pareció intentar esbozar un sonrisa que de inmediato reprimió un gesto de dolor.
- Bien, bien… como verás… estoy un poco jodido y me cuesta un poco… me duele hasta hablar.
-Ya veo.
-Te voy a pedir que me escuches unos minutos y después me interrumpes, me preguntas, lo que quieras. Tengo algo importante que contarte.
La ceja que aún quedaba baja en la cara del inspector se puso pareja a la otra.
-¿Del accidente? Bueno, tú dirás.
Se revolvió un instante en su silla.
-Han intentado matarme.
-¿Cómo?
-Pues con el coche ese…
-No, ya, bueno, quiero decir, ¿por qué? ¿Conoces al conductor?
-No, no, no es tan sencillo.
El ceño del policía se frunció y las arrugas horizontales de incredulidad se transformaron en verticales de escrutinio. Permaneció a la espera, a la escucha, inmóvil.
-Verás yo… yo no soy nadie conocido ni nada, claro… Ni es que sea nadie importante ni nada pero, bueno, para cierta gente si que soy, de alguna manera, un problema.
El tono era lento, tranquilo y pausado, con un poso de decepción.
-¿Tienes deudas, algún enemigo? ¿Estás metido en drogas?
-No, nada de eso, no. Deja que te cuente.
El paciente no podía verlo pero el subinspector acababa de dibujar un sinuoso interrogante en su libretita que repasaba de arriba a abjo y de abajo arriba, y redondeaba y acrecentaba el punto mientras esperaba a que el accidentado retomara el aliento.
-A ver.
-A ver… por donde empiezo. No es nada de drogas, no me dedico a eso. Ni tiene que ver con el trabajo. Yo no tengo estudios. Estudios formales. Pero eso no quiere decir que no haya estudiado.
A mi manera he estudiado: algo de física, economía… historia. Muchas cosas. Y muy dispares, la verdad… Pero todo está relacionado de cierta forma, ¿no es verdad?
El inspector lo miraba ahora acodado en el reposabrazos de su silla con la mano que sujetaba el bolígrafo tapándole la boca y la mirada aguzada. Como pensando precisamente en que ralación podría tener todo aquello con accidente rutinario del cual estaba elaborando el atestado.
-Quién calla otorga, ¿no dicen eso también?
Prosiguió el paciente y amagó una sonrisa seguida de unas breves toses.
-La cuestión es que he descubierto algunas cosas, nada que no sepan muchos, pero sí algunas cosas que no sabe la mayoría de la gente.
-¿Por ejemplo?
Lamentó la interrupción y el escepticismo desde su cama con una leve mueca de condescendencia.
-Cosas, por ejemplo, como que los bancos fabrican el dinero para ellos mismos. O que, muy posiblemente, se estén bloqueando ciertas teorías científicas que podrían conducir a un cambio de paradigma en la energía. O que nuestra historia se parece en poco o en nada a lo que nos contaron a todos en el colegio.
El policía suspiró profundamente.
-Crees que estoy loco, ¿no? ¿Qué va a tener que ver el colegio en todo esto? Pues sí, sí. El colegio. Desde el colegio. Porque a los profesores les paga el sueldo el mismo que decide lo que se enseña.Y el que decide lo que se enseña decide lo que se sabe, y, más importante, lo que no.
Porque si la gente no sabe cómo, no sabe el cómo, no sabe ni siquiera que les están robando... a manos llenas, no puede ni quejarse, son esclavos y ni siquiera lo saben.
Sí, esclavos, ¿de quién? Pues de algunas personas a las que no les interesa que se sepan una serie de cosas. Ellos fabrican el dinero mientras los demás nos pasamos la vida trabajando para ganarlo. Compran a los políticos, los gobiernos, los ponen ahí, les pagan su sueldo.
Y ellos pagan a los maestros y les dicen qué enseñar pero los maestros ni siquiera saben. Y la gente, mucha, la mayoría, vive como esclavos, con mejor o peor suerte y sienten que son esclavos, y saben que están jodidos sólo que no saben bien por qué. Se quejan, sí, y hacen manifestaciones y huelgas y se quejan de los políticos, pero no logran apenas… ni arañar la falsa apariencia de justicia de la que el sistema se ha dotado y nos han inculcado desde niños, en las escuelas, en las familias.
Y se enfadan, rompen y queman cosas y creen que lo hacen por esto o por aquello otro, por este gobierno o por aquél, pero la verdad es que están jodidos desde mucho antes de todo eso.
Y además, cuando se cabrean, les mandan a tus colegas, los de las porras, les mandan a otros esclavos que también están jodidos y cabreados y con ganas de desfogarse. Los unos contra los otros. ¿Y quién los manda? Pues el mismo que les paga el sueldo a unos maestros que ya se han asegurado de que no sepan, para que no puedan enseñar, el mismo que te paga el sueldo a ti, sin ir más lejos, sí...

El discurso fue largo, concediendo a cada palabra su peso y su tiempo, a merced del estado febril del paciente. Un estado así podría justificar ciertos delirios. Durante la larga charla el rostro del subinspector iba palideciendo hasta que por fin se levantó de su silla. Su mirada era severa y sus palabras fueron calmas:

-Vaya, parece que eres muy listo pero, ¿puedo hacerte una pregunta?
El paciente se dio entonces cuenta de su irremediable error, sus propias palabras le había llevado a la conclusión correcta sin ser capaz de preveerla, la metáfora se había convertido en realidad. Enmudeció y el policía no aguardó respuesta:

-Con lo listo que eres, ¿tú crees que el que me paga a mí el sueldo va a permitir que un mierdecilla como tú le desmonte el tinglado?
Se dirigió con toda tranquilidad a esa máquina con una línea verde que marca el ritmo cardíaco. El pitido dejó de sonar.
-Igual no eres tan listo como te crees.
Se acercó a la cabecera de la cama con una almohada que extrajo de un pequeño armario en la habitación. Fundido en negro. Fin.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Los presos

Todos los presos contemplaban con la mirada perdida el horizonte a través de la alambrada con las cabezas alineadas como girasoles. Él miraba las rejas.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Suenan las trompetas


Una hilera de miles de hombres, más o menos regular se extendía a los pies de la loma, sobre el verde moteado. Por delante la pradera y, más allá, lejos del alcance de las flechas, otra hilera de hombres pertrechados para la guerra. Metal, cuero y madera. Y el humo de las hogueras, recortado contra el cielo, en el horizonte.

Los tambores son sólo el preludio del desenlace inevitable, serán las trompetas las que señalen la hora decisiva. Hombres asustados como niños, niños pretendiendo ser hombres. Algunos rostros de mármol helado conocen bien lo que les espera y tratan tal vez de atisbar sin certeza lo que el destino les depara.

Muchos saben que van a morir hoy. Algunos gimotean, otros blasfeman y vociferan canalizando su frustración hacia el único lugar posible, el adversario. Después de todo no es que tengan gran cosa que perder.

Lo más lamentable es ver a niños ocupando el lugar de los hombres que no son, ataviados con alguna pieza de armadura demasiado grande para su talla o un arma que apenas pueden mover, casi como si de un baile de disfraces se tratara. Una fiesta, un espectáculo, una farsa. Suelen ser los primeros en caer de este ejército de bufones y juglares al servicio del rey. Esta compañía de actores itinerantes dispuestos a interpretar su papel. Soldados, mercenarios, asesinos.

Algunos esperaban y deseaban este momento y ya están pensando en el botín que aún han de tomar. Muchos no vivirán para disfrutarlo. Pero los que vean pasar este día, lo recordarán por siempre. Incluso los que ya llevan a sus espaldas muchos días como éste, grabados a fuego en la carne.

Al final, después de todo, unos morirán y otros vivirán. Y es difícil decir quienes de los dos serán los perdedores, viendo estas miserables vidas.

Alguien podría pensar que el peor momento es la batalla. Cuando se decide todo. Y tal vez lo sea para los que no ven otro día más, para el resto no es así. Lo peor viene después. La sangre formando charcos. Los gritos agonizantes de los hombres mutilados, la piel retorcida bajo el fuego, los miembros desperdigados lejos del que ya no es más su propietario.

Es entonces cuando el Rey cruza sobre su caballo, marcando un paso ridículo, los despojos de la contienda, flanqueado por su séquito más próximo. Y toma para sí unas tierras, una fortaleza, un derecho. Eso es lo que va a suceder hoy aquí.

A su paso lo contemplan niños con los rostros desfigurados de sangre y de barro, con ojos fijos e inertes como el cristal. Con la boca entreabierta, inmóviles mientras la sangre y el resto de sus fluidos abandona lentamente sus cuerpos. He visto demasiados.

Y el Rey, con gesto altivo y el rostro tenso, como si hubiera alguna vez notado caer el filo de una espada sobre su escudo en una campo de batalla, cabalga en modo de aprobación sobre lo aquí acontecido. He visto ya demasiados.

Un joven trata de colocar una flecha en su arco. Le tiemblan tanto las manos que es incapaz de atinar con la cuerda. Largas gotas de sudor le limpian las mejillas de polvo al deslizarse. Está nervioso, sabe que va a morir. Y no puede hacer nada para impedirlo.

Sigue sin dar con la muesca de la madera. Su miedo será su perdición. Podría no ser así, podría tener más posibilidades que hombres mucho más viejos. Pero aún está intentando preparar su arco. Un temblor largo e incontrolable. Está empezando a ponerme nervioso a mí.

Le agarro con firmeza la mano con la que intenta cazar la cuerda de su arco. El temblor desaparece y noto el peso muerto de su brazo. Lo dejo caer hacia su pecho tensando la cuerda con la madera hasta que se inserta en la hendidura. Sus ojos se apartan de la flecha y se elevan hasta los míos siguiendo el curso de mi brazo.

Por el camino, cada cicatriz le va contando un poco de mi vida hasta que su mirada se detiene en la mía. Mientras balbucea un agradecimiento sus ojos escrutan mi cara. Arriba y abajo del parche asoma la huella del tajo que me arrebató un ojo. Por su expresión, adivina que tampoco tuve un rostro agradable antes de perderlo.

Continúa diciendo que no debería estar ahí, casi como un susurro para sí, que no cree en la causa del Rey. Cuantos más hombres así te rodeen más posibilidades tienes tú de salir con vida. Más tiempo para reaccionar mientras los abaten. Por otro lado, si son demasiados en el conjunto, las cosas se pueden poner complicadas. Pero nada de eso importa. La cuestión es que ya he visto demasiados.

-Dentro de poco darán la orden de cargar. Cuando suenen las trompetas no corras como un loco. Tampoco te quedes rezagado. Deja que algunos te aventajen un par de pasos. Al llegar al cruce, mantén los ojos en las puntas de la lanzas. Avanza si es necesario para colocarte entre ellas. Usa a tu favor el escudo de tu enemigo pero no pierdas de vista su espada.

Si sobrevives a la primera ola ya no habrá frente. Todos los flancos son frente. No acudas en auxilio de nadie. No puedes ayudarles. Los muertos no pueden ayudar a los vivos. No te detengas, bascula tu cintura de un lado a otro. No avances hacia el enemigo. Deja que se aproximen.

Cuando te encaren has de ver venir el golpe. Has de esquivarlo y devolverlo en un solo movimiento. Si necesitas más de dos golpes para abatir a un enemigo es probable que acabes el día con un trozo de acero en mitad de la espalda.

Si oyes gritar a alguien “flechas” busca refugio bajo un escudo, un cadáver o una piedra porque lloverá fuego. Se pega al cuero y la piel y si lo dejas arder te horadará hasta el hueso. Al final quedarán unos pocos. Si estás vivo para entonces, no te confíes. Los que quedan en pie han sabido abatir al resto o a los que los abatieron. No dejes que te rodeen, si te hace frente más de uno retrocede.

Y sobre todo, cuando llegue el momento, que no te tiemble la mano. No te prometo nada pero mantente cerca de mí. Tal vez salgas vivo de esta.

Suenan las trompetas.

viernes, 15 de julio de 2016

Mucha mierda

Lucha por sobrevivir en un lugar donde vivir no vale la pena. Porque en ningún lugar donde tienes que luchar por sobrevivir, vivir vale la pena.
Es una existencia miserable por definición, por mucho que pretenda disfrazarse superficialmente con lujos o placeres. En su fondo, en su raíz, hay sólo miserable podredumbre.

Sólo los ignorantes pueden disfrutar de su propia ignorancia, del mismo modo que sólo los cerdos pueden disfrutar revolcándose en su propia mierda. Porque eso es lo único que hay: una inmensa tarta de mierda que se reparten entre unos pocos con avaricia. Y los de abajo se desviven por saborear algunas migajas de esa sublime mierda. De algo han de llenar el vacío de sus cabezas, de sus corazones y de sus almas. No son otra cosa que la mierda que ambicionan. La mierda que como un virus ha corrompido el mundo. La vida misma.

Su fortuna es que la razón no les alcanza para comprenderlo. Aún así, conocerán las consecuencias en cada una de sus absurdas y patéticas vidas. Su suerte es que la inconsciencia les permitirá seguir sonriendo mientras chapotean cual rana en el agua de la olla que la hervirá. Y dicen, en la vida hay que luchar. Para sobrevivir. Caminan y no saben hacia donde. Andan, pero ni siquiera saben para qué. La más pura y necia inercia. Al fin y al cabo, es lo que todo el mundo hace. Quizás no haya otra opción. No por ello se enfría la verdad ardiente bajo las cosas. Debajo de toda la mierda.

Muchos se han dado cuenta antes, claro. No es algo que uno pueda solucionar. Sólo queda tratar torpemente de huir de un destino inevitable. Unos se aferran al dinero, otros al amor, a las drogas. No hay huida posible. Como limpiar con trapos sucios, apenas logras cambiar la mierda de sitio. Siempre, en todo momento y en todo lugar, estarás rodeado e impregnado de esa mierda. De la mierda que eres.

Y dicen que en la vida hay que luchar. Como correr tratando de escapar de tu propia sombra. Hay que luchar por la imprescindible porción de vital mierda. Seguir comiendo para seguir cagando. Para volver a comer y volver a cagar. Los de encima en los de abajo. En realidad no hay un arriba o un abajo. Sólo mierda, mires donde mires. Todos tarde o temprano nos vamos. Dejamos aquí nuestras cabezas de mierda, nuestros corazones de mierda y nuestras almas de mierda. Las dejamos aquí, generosamente, para que esta vida de mierda pueda continuar. ¿Con qué objetivo? Pues en nuestro caso, seguir revolcándonos en nuestra propia mierda.

Y cuando acaece el dolor o la tristeza lamentamos nuestro infortunio como un castigo divino. Como una tormenta desatada tal vez en venganza por los dioses. Como si las tormentas vinieran de ninguna parte. Exacto, de la misma mierda. Una enorme mierda con grandes aspiraciones frustradas. Una gran torre de babel, de mierda. Por eso no se sostiene. La mierda se puede apilar hasta cierta altura antes de que se desmorone, no más allá. ¿Y yo? Simplemente me limito a recordaros la mierda que somos. La mierda que sois. Podéis pensar en el suicidio, pero no. Ni la muerte podría limpiar este lugar.

jueves, 14 de abril de 2016

No me gustan las mentiras

-No me gustan las mentiras.
-¿No se te da bien mentir?
-En realidad supongo que es por miedo.
-¿Miedo a que te cojan?
-No, no es eso.
-¿Entonces qué?
-El problema es que se me da demasiado bien.
-Ya. ¿Y eso es lo que te da miedo?
-Lo que temo es no poder volver a recordar qué es verdad. Tampoco me gusta la violencia.
-Vaya. Creo que empiezo a entender tu miedo.
-No es una sensación agradable.
-No, no lo es. Te gusta la verdad. ¿Aunque dé miedo?
-Supongo que sí.
-No lo dices muy convencido. Al fin y al cabo, ¿qué es la verdad, no? Quiero decir, todo depende del punto de vista, ¿no?
-Los puntos de vista dependen de los puntos de vista y los hechos son los hechos.
-¿Sin relación?
-Los hechos se observan desde un punto de vista.
-Por eso, sólo tenemos un trozo de esa verdad. Hay muchas verdades.
-Hay muchos puntos de vista.
-¿Y cuál es el correcto? Todos creen tener razón.
-Todos los que no mienten. Y no hay tanta gente honesta.
-¿Crees que dos personas honestas no pueden tener un punto de vista opuesto?
-Claro que sí. Uno se puede equivocar. Incluso se pueden equivocar los dos.
-O podrían estar los dos en lo correcto.
-No, no creo. Si estuvieran los dos en lo correcto creo que acabarían por darse cuenta.
-¿De qué, exactamente?
-De que están viendo lo mismo desde dos puntos vista distintos.
-¿Y qué diferencia esos puntos de vista?
-La información. Los hechos. La verdad.
-Y las mentiras.
-Sí, también las mentiras.
-Y no te gustan las mentiras.
-Eso es.
-¿Tú no mientes nunca?
-Eso no es lo que he dicho.
-Vaya, esto pone las cosas interesantes.
-¿Crees que te he mentido en algo?
-Bueno, si mientes tan bien como dices, tendré que pensar que no me habría dado cuenta.
-Si no te hubiera mentido, tampoco te darías cuenta.
-Ya veo. Supongo que tendré que concederte el beneficio de la duda.
-¿Quiere decir eso que dudas de mí?
-De todos y de todo. No es nada personal.
-Sólo negocios.
-Bueno, aquí todo son negocios, ¿no?
-Todo, nada, siempre, nunca. Son palabras muy grandes.
-Ya veo. Tú eres diferente. No es que todos seáis iguales. Es que sois todos diferentes. Igual de diferentes.
-No me considero especial.
-Que alarde de humildad.
-Es la verdad.
-La verdad no existe.
-¿De veras lo crees?
-¿Qué más da verdad o mentira? Mejor mentiras dulces que verdades amargas.
-Ese es tu punto de vista.
-Te recomiendo que disfrutes de las mentiras mientras puedas. Ojalá duraran por siempre.
-Siempre es mucho tiempo.
-¿Nada dura siempre, no?
-O tal vez sí, yo qué sé.
-Así que no lo sabes todo, ¿dónde tenías guardada tanta modestia?
-Todos tenemos dudas. Desconfía de quien no tenga ninguna. Probablemente mienta o esté equivocado.
-Descuida, ya tengo la vacuna contra sectas y predicadores. Tuve una educación religiosa. Eso sí que es una gran mentira.
-En cierto modo, claro.
-¿En cierto modo? ¿Cómo puede haber gente que siga creyendo en esas bobadas? Es completamente absurdo. No es más que una estafa, un negocio.
-Ya, yo también pasé por esa fase.
-Que ya pasaste por ¿esa fase? Odio esa expresión. No te das cuenta de lo presuntuoso que suena. Es como, oh, bueno, yo ya estoy por encima de esto, ya aprenderás.
-Es la verdad.
-Y también odio esa moda de la sinceridad que sirve como excusa para decir cualquier cosa que a uno le venga en gana. Algunas cosas mejor ahorrárselas. Entre ellas la educación religiosa.
-Desde luego.
-¿Entonces a qué viene lo de la fase?
-¿Crees que las catedrales se sostienen también sobre mentiras?
-¿Y eso que tiene que ver? La mitad de los curas son pederastas. Y la otra mitad maricones. Más de la mitad, porque algunos son pederastas y maricones.
-Ya veo que no te fue bien en el colegio.
-No se puede decir que no aprendiera.
-Las mentiras se las lleva el viento. Nada dura mil años sin tener algo de cierto.
-¿Qué? ¿La bíblia? Pero no me hagas reír, si es un cuento para niños.
-También lo es caperucita roja.
-Exactamente. ¿Y?
-Pero encierra algunas lecciones valiosas.
-No creía que fueras tan moralista.
-Ni yo que pensaras que todos los lobos son igual de diferentes.
-La bíblia está llena de mentiras.
-Cierto. Y de verdades también.
-Creía que odiabas las mentiras.
-Y así es.
-Si todo está mezclado, mentiras y verdades no se puede distinguir una cosa de otra. La bíblia es una mierda.
-En la vida sucede exactamente igual, ¿no te parece?
-¿Qué quieres decir? ¿Que la bíblia es un reflejo de la vida? ¿Qué tontería es esa?
-Sólo digo que la escribieron personas. Es natural que así sea.
-No sé como te puede gustar eso.
-No he dicho que me guste.
-Seguro que te la has leído. ¿Te la has leído?
-En realidad no.
-Vaya, pero si es la palabra de Dios.
-¿Crees que no existe la verdad pero crees que existe Dios?
-Era tan sólo ironía. Eres tú el que cree en Dios.
-No, yo sólo creo en la verdad. No me gustan las mentiras.