Los tiempos no vuelven. Y se marchan tan rápido que podría decirse que en realidad nunca llegaron a suceder. Todo siempre se escapa, todo se está yendo. Tempus fugit, dicen.
Y siempre es
igual, los estoicos dicen que el problema es el apego. Así, aquellos
que encontraran su leit motiv, ya sea en el teatro de Shakespeare o
en el cine de los 80, da igual, no volverán a dar con la misma
tecla. O en el blues o en la canción protesta, lo que sea. O unos
versos de Machado. Todo tiene su momento y su lugar y no otro, por
más que el tiempo a veces nos quiera devolver los ecos.
Así,
los que profesan sus filias en ese tipo de terreno se ven abocados a
la situación del yonki que troca una adicción por otra, en alguna
medida. O a permanecer cada vez más aislados con sus fetiches, como
los amantes del cine en blanco y negro, que a pocos interesa ya en
tiempos de superhéroes. Sucede igual con las personas. Siempre nos
quedará París.
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