1.Lunes
Dos policías de tráfico toman café en mitad de la noche apostados
dentro del coche en una carretera secundaria, ocultos por unos
matorrales, en un lugar tranquilo, supervisando un radar. Habla el
policía más mayor, sentado en el asiento del copiloto.
-Estuve en San Diego
hasta hace un par de años. Pero cuando Molly cogió a los niños y
se fue me vine para aquí. Nada interesante.
-Como en todas
partes, supongo.
-Participé en la
detención en el tiroteo del colegio Cleveland, hace ya muchos años,
¿lo recuerdas?
-10 o 12 personas,
¿no?
-Entre muertos y
heridos… y ¿sabes lo que dijo cuando la detuvieron? Que no le
gustaban los lunes, ¿te imaginas? Que no le gustaban los lunes… ¿a
quién cojones le gustan los lunes?
El policía apura su
café y sacude la cabeza de un lado a otro. En ese momento pasa un
Camaro negro superando levemente el límite de velocidad con una luz
trasera rota, tras verlo se miran el uno al otro:
-Parece que tenemos
un candidato a sanción, ¿vamos?
-Vamos a ver qué ha
pasado con ese faro trasero, además ya estoy de esto.
Se deshacen de los
vasos, arrancan y encienden la luz de la sirena mientras aún están
masticando sus donuts. Al poco las luces del coche patrulla son
visibles desde el retrovisor del Camaro, que no iba más rápido de
lo que se suele circular sin la presencia de la policía y reduce
poco a poco la marcha hasta detenerse.
Es una noche con
bruma, se ve la silueta de los policías y de la parte trasera del
coche en la distancia recortados contra la niebla en una comprobación
rutinaria. Al poco suenan tres disparos y los policía caen.
Entran los títulos
de crédito con el ruido del motor del Camaro desapareciendo entre la
niebla y la oscuridad, mientras suena Walk, don’t run de The ventures.
2. Antwan
-En otras
circunstancias te diría que lo que le sucedió al señor Wallace fue
lamentable y grotesco, respetaba a Marsellus, pero viendo lo que te
hizo, bueno, lo cierto es que no tiene justificación. Incluso me
atrevería a decir que se trata de algún tipo de… justicia
poética.
Big Joe tiene
delante a Antwan, aunque la cámara aún no lo muestra, al que trata
con indisimulada condescendencia mientras observa y evalúa el
alcance de las secuelas de su reciente vuelo de cuatro pisos.
-Además, desde su
trágico fallecimiento supongo que debes pensar en tu futuro y más
teniendo en cuenta tu... situación. Así que cualquier información
que considere interesante sobre los negocios del señor Wallace será
generosamente retribuida, siempre que resulte de mi interés. Así
que, ¿qué es lo que tienes para mí, Antwan?
La cara de Big Joe
que había permanecido lejos de la luz de la lámpara sobre la mesa
del pequeño despacho en el puerto le ilumina de forma algo tétrica
al inclinarse sobre la mesa y apoyar los brazos con los dedos
entrelazados.
Antwan, con
semblante serio, intenta arrancar a hablar pero se atraganta dado su
estado lamentable, que se refleja en la cara de Big Joe.
-¿Estás bien? Bebe
un poco de agua.
Big Joe llena un
vaso con una jarra y se lo ofrece a Antwan, que empieza a hablar
lento y marcando las palabras:
-...no, no, estoy
bien. Me han operado hace poco. (Muestra el principio de una larga
cicatriz que termina o empieza en el cuello). Me cuesta un poco
hablar. Pero te voy a explicar por qué Marsellus hizo que me tiraran
por el balcón. La cagué con algo valioso para él.
-¿La señora
Wallace?
Antwan le miró un
momento en silencio, decepcionado por lo rápido que viajan los
rumores y a la vez frustado por la dificultad para hablar.
-No. Algo mucho más
valioso, no tiene nada que ver con Mia. Ella no sabe de qué se
trata.
-Entonces será más
fácil que quitarle un caramelo a un niño- sonrió Big Joe con
malicia.
3. Mia
Aparece en imagen la
pálida cara de Mia Wallace, con la boca entreabierta y los ojos
cerrados, como durmiendo, recortada contra un fondo oscuro. Al poco
una palada de tierra la cubre un poco y otra un poco más.
La cámara toma el
punto de vista de Mia, desde un agujero en la tierra cuyo límite
corta en diagonal la pantalla. Más arriba asoma la cara de Raoul que
se seca el sudor de la frente, y tras él la noche. Suspira y sigue
arrojando más tierra con la pala.
Cuando termina
arroja la pala dentro y cierra el maletero del Camaro. Durante toda
la escena suena Cry, cry cry de Unrelated segments. El Camaro
enciende los faros y gira para deshacer el camino de tierra por el
que ha venido, hacia la carretera de nuevo.
4. El tarado
Un policía (viejo)
entra en comisaría dispuesto a iniciar su turno, su compañero
(joven) lo espera junto a la máquina de café con una taza en la
mano.
-No te lo vas a
creer. -¿Qué? -Han encontrado tres cuerpos y a un tipo en el sótano
de una tienda, atado a un poste, vestido completamente de cuero y con
tachuelas y mierdas de esas…
-Ya, bienvenido a
LA, ¿no?
-…parece que ha
estado alimentándose de uno de los cuerpos durante días hasta que
los vecinos han avisado por el olor. Le han tenido que identificar
por placas dentales, se le había comido completamente la cara,
partes blandas… y no había manera de tomar huellas. Pero es que no
te imaginas quién era.
-¿El muerto… de
la cara comida? Ni idea.
-El mismísimo
Marsellus Wallace.
-Vaya. ¿Y los
otros?
-Un policía y el
dependiente. Al policía le habían volado las pelotas, seguramente
Wallace, no te gustaría ser invitado al tipo de fiestas que
celebraban en ese sótano.
-¿Un poli?
-Pero aún hay más,
el tipo vestido de cuero… ha contado que llevaba meses en ese
sótano durmiendo en un baúl y participando en cierto tipo de...
prácticas.
-¿Meses?
-Desde que
desapareció en el condado de Orange. Lo tienen en la sala del fondo.
-Uff. No creo que la
música de esas fiestas sea de mi estilo.
El policía viejo se
dirige hacia las taquillas con cara de embobado mientras rememora las
palabras de su compañero, pasando por enfrente de la sala donde se
halla el detenido mientras algunos policías más conversan en el
exterior y por un momento cruza la mirada con el detenido sentado y
esposado tras una mesa, en un travelling a cámara lenta mientras
suena Land of 1000 dances de Cannibal & the headhunters.
5. Sarah
Raoul entra en un
bar con ambiente folk y saluda al camarero, hay una mujer de pie
delante del micro con un vestido ajustado azul, cantando al fondo con
la banda It’s all over now, baby blue de Marianne Faithfull: -Qué
hay, Mike. Lo de siempre.
El camarero vuelve
con un vaso de bourbon con hielo. -Hey, Raoul. -Hombre, Larry, tú
por aquí, cómo no. -Hace un tiempo que no se te ve, tampoco por la
partida. -A diferencia de ti, supongo.
-¿Te has enterado
de lo de Wallace? -Y quién no en esta ciudad.
Raoul no está en
absoluto interesado en la compañía de Larry pero la ve con cierta
simpatía pasiva, al menos con él puede estar por un momento
relajado. Está con la espalda apoyada en la barra, medio recostado y
Larry ha tomado asiento detrás con su cerveza.
-¿Es estupenda,
eh?- Larry señala con la botella tímidamente al escenario mientras
la música suena, Raoul asiente sin responder ni moverse mirando a la
banda.
-No sé por qué no
triunfa más, tal vez lo que le falta es operarse las tetas.
Raoul se gira hacia
Larry sin mediar palabra y con gesto quedo.
-Quiero decir, están
perfectas, pero lo que vende es el plástico. Lo que sale en la tele
es todo puro plástico y botox y mierdas de esas. Pero por mí están
bien como están…
-Sí, arréglalo. No
sé por qué pero las tetas de mi novia no es una tema que me
apetezca comentar contigo. Sarah está bien donde está. Por cierto,
¿qué hay de aquello que me debías?
La canción va
terminando.
-Vaya, ya veo que no
quieres compañía. Te lo devolveré. Pero no sé cuando, estoy en
una mala racha.
-Tu vida es una mala
racha, Larry
Larry se levanta
apresuradamente apurando de un trago largo el resto de su cerveza:
-Ya, ¡nos vemos!
-Sí, eso, huye,
como una sabandija… ¿Te lo puedes creer?
Mike sonríe a
cierta distancia por debajo de la nariz mientras Raoul sigue
recostado en la barra mientras Sarah baja del escenario y se dirige a
la barra del no muy grande y menos poblado local mientras la banda
sigue con Sleep walk de Santo & Johnny.
-Hola forastero, ¿me
invitas a una copa?
-Vaya, ¿no te
acuerdas de los viejos amigos ahora que eres famosa? Además, tú
aquí bebes gratis.
-Ya veo que no
quieres jugar. ¿Mal día en el trabajo? Mike, ponme una copa, por
favor.
- Ni bueno ni malo,
uno más. O uno menos.
- Ya, un día de
esos.
Se hace un silencio.
-¿Recuerdas lo que
hablamos de Florida?
- Sigues con eso,
¿eh?
-No, es sólo que…
Suena el busca de
Raoul y lo interrumpe:
-...perdona, tengo
que… hacer una llamada.
-Por supuesto.
Raoul se dirige al
teléfono del bar y marca el número de Big Joe que en seguida
contesta:
-¿Raoul? Tienes que
venir cagando hostias. -¿Qué ha pasado? -Tenemos un problema, un
problema grave. -¿Qué tipo de problema? -De unos 60 kilos. -¿Qué?
-Joder, que tienes que venir, ¡ya! -Ok, ok, entiendo, 20 minutos.
Vuelve a la barra,
paga su copa y se despide de Sarah:
-Tengo que irme.
-Ya, ya veo… ¿qué
decías de Florida?
-Ya hablaremos.
-Ya…
-Por cierto, Larry
te ha comentado algo de… (se señala los laterales del torso de
forma más o menos indefinida)
- ¿De qué?
-Nada, déjalo, nos
vemos luego.
La besa y sale del
bar apresuradamente mientras Sarah se recoloca confusa el escote del
vestido y empieza a sonar Devil with a blue dress de Mitch
Ryder and the Detroit wheel
6. La maletaCuando Raoul sale
del bar es de noche pero la cámara va girando lentamente hasta
situar el plano del Camaro desde atrás cabezabajo, mientras el cielo
se va aclarando, y vuelve a girar de forma súbita para devolverlo a
su orientación natural. Conduce por la mañana camino de la casa de
los Wallace, aparca enfrente y al apagar el coche la música cesa.
Sale ataviado de una gorra de béisbol y unas gafas de sol y accede a
la casa por la puerta principal con las llaves de Mia. Pasea por la
casa para una primera inspección visual, ya sin las gafas de sol y
mientras se coloca unos guantes de látex. Tiene una descripción
bastante clara de lo que busca pero ni idea de donde encontrarlo.
Entra en el despacho
de Marsellus, de aspecto bastante clásico, tonos de madera y
alfombra persa. Revisa los cajones del escritorio sin éxito, en
silencio. Abre el armario y a los pies encuentra un maletín con
cierre de combinación de tres dígitos. Lo pone encima del
escritorio, todavía tal como lo dejó su antiguo dueño e introduce
la combinación que Antwan le dio a Big Joe. Tres seises, qué
tendría en la cabeza Marsellus. Los cierres ceden ante la
combinación ganadora.
La discreta
iluminación del despacho, con la lámpara del escritorio se ve
realzada al abrir la maleta y recorta la silueta de Raoul que
sostiene cada parte de la maleta con una mano. La luz le ilumina el
rostro al abrirlo, entre fascinado y consternado. La entrada en
escena de la luz del maletín hace sonar Out of limits de Themarketts.
Lo cierra, y se
queda mirando hacia un lado, pensativo, y luego la baja, a medida que
la luz se desvanece hasta fundir la imagen en negro y la melodía en
el silencio.
7. Bill
Un niño de unos 6
años está sentado al volante de un coche antiguo con el capó
levantado en el garaje de un vecindario humilde de los años 50,
jugando a hacer que conduce:
-A ver, prueba
ahora.
El chico gira la
llave del contacto y el motor empieza a rugir levemente.
-¡Eso es!
Cierra el capó, se
limpia un poco las manos de grasa y mira a su hijo tras el volante a
través del parabrisas un momento, sin decir nada, mientras suena el
motor. Se acerca a la ventanilla, se agacha y sitúa la cabeza cerca
de la del chico mirando como él en dirección al cuadro de mandos.
-¿Lo oyes? Es como
una sinfonía. Cuando un motor está bien ajustado… tiene una
cierta… música. No es una cuestión de grave o agudo, es que
suena… en equilibrio. Con un pulso constante, como si respirara.
Está vivo, ¿lo escuchas?
Empieza a dar unos
golpecitos sobre la puerta con la ventanilla bajada acompasados con
la respiración al ralentí del motor: ta-ta-tá, ta-ta-tá…
-¿Qué es una
sinfonía?
El plano se funde a
negro con la manos de chico siguiendo el pulso de la máquina
quedando por un momento sólo el ruido del motor y se vuelve a
aclarar mostrando un plano del Bill adulto con unos guantes de cuero,
las manos sobre el volante en el mismo lugar y llevando el mismo
pulso con el indice que en ningún momento se ha detenido.
Parece distraído
pero en realidad está mucho más conectado con sus sentidos de lo
que podría decirse, como llevando el ritmo de una melodía que para
otros pasa desapercibida.
Mira a un lado
despacio, al otro, al retrovisor, revisa el panorama con el motor
encendido, esperando. Se oyen disparos, tres, cuatro, cinco, de
diferentes armas. Empieza a sonar Loui Louie de The kingsmen. Desde
el plano frontal, a través del parabrisas trasero, dos hombres
aparecen corriendo a toda velocidad doblando la esquina, a unos cincuenta metros,
en su dirección.
Al poco aparece
detrás de ellos una joven asiática disparando una recortada y
gritando algo incomprensible en su idioma. Bill hace el gesto de
agachar la cabeza buscando mantener el ángulo con el retrovisor.
Los disparos de la
recortada y alguno más siguen sonando mientras se oyen las puertas
del coche abrirse:
-¡Arranca, arranca!
-¡Joder! ¿de dónde ha salido la china de los cojones? -Pensaba que
lo tenías tú controlado. -Mierda, nunca la había visto antes, debe
vivir en el sótano. -Sí, o debajo del mostrador.
-Joder, creo que me
ha dado. -A ver, déjame ver… oh, joder, mierda, estamos jodidos.
El coche ya hace
rato que ha arrancado y con discreta agilidad les aleja de los
problemas mientras Bill lo conduce con la tranquilidad de quien lo
saca a pasear los domingos para que no se descargue la batería:
-Entrar y salir,
¿eh?
-Joder Bill, lo
siento pero….¡eh, eh, vamos, no te duermas!… está perdiendo
mucha sangre, tío. Hay que llevarlo a un hospital.
Bill eleva la vista
hacia el retrovisor valorando el alcance de las heridas y por lo
tanto la gravedad de la situación un instante. Lo que ve es una
hemorragia pulsátil, el disparo ha perforado una arteria y estará
desangrado en minutos si no segundos:
-Ese no era el
trato.
-Joder, Bill, ¡se
está muriendo!
-Yo diría que ya
está muerto. (El tipo aún balbucea algo mientras va perdiendo el
conocimiento) Si quieres me bajo aquí y lo llevas tú.
-¿Qué?
-Que si quieres me
bajo… (Bill empieza a repetir sus palabras más alto)
-¡Joder! ¡Ya te he
entendido! ¡Joder!
Miguel tiene las
manos empapadas en la sangre de su compañero, al que trata de frenar
la hemorragia sin éxito.
-¿Y bien?
-¿Bien? No joder,
nada está bien. ¡Rubén! ¡Rubén!
Intenta despertarlo
palmeándole la cara pero la vida se le va drenando del cuerpo
irremisiblemente.
-¿Qué quieres
hacer?
-Vale, vale. Déjame
pensar… Seguimos con el plan, ¿vale? Lo que acordamos.
-Ya. Pero el plan no
era cargar ningún paquete. Ni echar el coche a perder.
Bill habla con
tranquilidad pero la tensión va en en aumento. Se hace un silencio.
En un par de giros
suaves pero pronunciados el coche termina embocando en un cobertizo
lejos de miradas indiscretas y el conductor anuncia:
-Fin de trayecto.
-¿Y qué hacemos
con esto?
Miguel señala a su
compañero muerto sentado tras el conductor.
-Lo mismo que con el
coche.
-¿Qué?
-Dejar que se
enfríe.
-¿Cómo? ¿Lo vas a
dejar aquí?
Bill está limpiando
el volante, la palanca de cambios y el freno de mano con algunos
pañuelos desechables sacados de una caja de la guantera.
-¿Y yo qué se
supone que he hacer? ¡No puedo salir caminando empapado de sangre!
-Límpiate. (Le
lanza la caja de pañuelos)
-Oye, me estás
jodiendo, no…
-¡No! ¡Vosotros la
habéis jodido! No soy vuestra puta niñera.
-Ah, ¿sí? ¿Y qué
crees que va a pasar si salgo así? ¡Y no me voy a quedar aquí con
un muerto! A ti tampoco te conviene que esto se tuerza más, no puedo
salir así...
-De acuerdo. La
verdad es que en eso último tienes razón.
Bill nota el calor
en la axila del 38 que ha disparado tres veces sin sacar de la funda,
a través de su chaqueta y del asiento hasta el pómulo, la sien y la
frente de Miguel, cuya cabeza se desploma hacia el fondo quedando
inmóvil con la mirada fija en el techo del automóvil:
-Y no me vuelvas a
llamar.
Bill baja del coche
desairado por las complicaciones, no sin antes recoger del asiento de
atrás la bolsa con el escaso botín para cubrir al menos una parte
de las pérdidas y cierra de un portazo. Guarda los guantes en un
bolsillo, se quita la chaqueta, envuelve con ella el arma, se la
cuelga del brazo de modo que no se vean los agujeros y sale a caminar
por un vecindario desierto. Empieza a sonar 1-2-5 de The haunted
mientras la cámara se aleja con Bill caminando por la acera. Está
anocheciendo.
8. Visitas
Raoul baja de un
taxi y camina por un vecindario depauperado de las afueras con un
maletín en la mano, visiblemente magullada y ensangrentada. Cojea
ligeramente mientras avanza por el ralo jardín de la propiedad hasta
la puerta de entrada. Suenan tres golpes secos sobre la madera de la
puerta, algo más espaciados de lo habitual.
-¿Q...quién es?
La dificultad del
habla de Antwan suena desde el otro lado de la puerta.
-¿Antwan? ¿Antwan
Rockamora?
-¿Quién pregunta?
-Un amigo de Big
Joe.
Suenan los cerrojos
de la puerta: -¿Big Joe?
-El mismo. ¿Puedo
pasar?
Antwan lo examina
con desconfianza y pronto advierte una maleta que le es familiar.
Vuelve a mirar al tipo en la puerta y de nuevo a la maleta: - Claro,
¿en qué puedo ayudar?
Raoul sonríe viendo
como Antwan ha reconocido el maletín: -Serán tan sólo un par de
preguntas.
***
Big Joe habla por
teléfono desde su oficina:
-Me da igual. No me
importa. Resuélvelo. Pues lo solucionas. Lo solucionas. Ése no es
mi puto problema, ¡soluciónalo! ¿Para qué mierda te pago? ¡Eso
espero! Y cuando esté resuelto me llamas.
Cuelga el teléfono,
mientras hablaba han entrado dos tipos con abrigos y trajes caros y
han intercambiado algunas palabras con la secretaria. Uno de ellos
lleva una bufanda fina colgando del cuello y guantes de cuero negro,
no parecen de la ciudad.
-Usted debe ser el
señor Joseph Brezinsky.
Big Joe no tiene la
menor idea de que va el asunto. Trajes demasiado caros para ser del
FBI, empieza a sentir curiosidad, el acento parece británico.
-Y ésta es mi
oficina, pero todos me llaman Big joe. Aunque yo no les conozco a
ustedes. ¿En que puedo ayudarles, caballeros?
El mayor de los dos
se quitaba los guantes mientras escuchaba a Joe y señala una de las
sillas frente a su mesa con ellos, solicitando ocuparla.
-Por su puesto, por
supuesto, tomen asiento.
El mayor toma
asiento mientras termina de acomodarse el abrigo desabotonándolo. El
otro se queda de pie junto a la puerta con las manos cruzadas al
frente.
-Verá, Big Joe,
recientemente hemos sufrido el robo de una propiedad, extremadamente
valiosa para… nosotros.
-Perdón, aún no sé
con quien hablo.
-Eso no importa. Lo
importante es que sabemos que, tras algunos...cómo diría…
¿vericuetos?, ha llegado hasta sus manos.
Big Joe empieza a
sospechar que ha mordido más de lo que puede tragar:
-Wendy, ¿qué te
parece si te tomas el resto de la tarde libre? Tengo que hablar de
negocios con estos señores.
-Oh, estupendo Joe,
gracias. Dejo los albaranes pendientes de revisar en el primer cajón.
-Sí, sí, descuida,
yo me encargo.
Los segundos que
Wendy tarda en organizar algunos papeles y recoger su abrigo del
perchero transcurren en silencio y se hacen interminables, finalmente
sale por la puerta de la lóbrega oficina del puerto:
-Hasta maña, Joe.
-Sí, hasta mañana.
Big Joe pronuncia
las palabras sin ninguna convicción. El guardaespaldas responde con
un gesto de la cabeza a la despedida de Wendy y cierra la puerta tras
ella bajando la cortinilla que separa el despacho del vestíbulo.
El caballero
británico hace tiempo que tiene clavada una mirada severa e
imperturbable en Big joe, el silencio sigue unos segundos más. Big
Joe los mira alternativamente sin acertar a volver a iniciar la
conversación que por fin se reanuda:
-Por supuesto, somos
conscientes de que se le han acarreado una serie de molestias que
estamos dispuestos a compensar… generosamente. Pero me temo que con
el tiempo no podemos ser tan generosos. ¿Dónde está?
-Caballeros,
caballeros… si les digo la verdad aún no sé ni quiénes son
ustedes ni sé de qué me hablan exactamente, tal vez puedan darme
algún detalle más… tengo muchas propiedades muy valiosas.
Big Joe intenta
tantear el terreno con una sonrisa aunque su frente empieza a
perlarse de sudor.
El caballero
británico en la silla gira su cabeza hasta el guardaespaldas que en
dos zancadas se sitúa a la altura de Big Joe, saca un cuchillo con
el que clava su mano izquierda a la mesa y le arrebata el revólver
que ya había alcanzado con la derecha.
-En este lado del
océano nunca funciona la diplomacia. ¿Dónde está?
Una mancha de sangre
se abre bajo la palma de la mano de Big Joe mientras profiere algunos
gritos y soplidos:
-¡Que te jodan! ¡No
sé de que me hablas!
-Oh, vaya. Debe ser
que no me ha oído. Pues para eso no necesita orejas, córtale una,
Jeremy.
El guardaespaldas
desclava con un gesto seco de vaivén el cuchillo que Big Joe estaba
tratando de liberar y lo sitúa bajo el lóbulo de su oreja
izquierda.
-Eh, eh, espera,
espera.
El caballero
británico levanta levemente un dedo indicando a Jeremy que se
detenga.
-Muerto no os sirvo
de nada. Podría estar en cualquier parte. Nunca lo encontraríais.
El guardaespaldas
parece advertir algo extraño bajo la mesa, a los pies de Big Joe, por
un movimiento de éste.
Detiene la presión
del cuchillo, se agacha un poco y levanta un maletín desde el asa
con un par de dedos por encima de la cabezas.
-Vaya, ¿que tenemos
aquí?
-Bueno, tal vez haya
alguna manera de…
El último as en la
manga de Big Joe acaba de esfumarse por completo.
El guardaespaldas
deja caer la maleta plana sobre la mesa, pesadamente, en parte sobre
la sangre procedente de la mano.
-Jeremy, por favor,
con delicadeza.
-Perdón.
El caballero
británico limpia un poco una esquina con un pañuelo oscuro,
introduce la combinación con calma, abre los cierres con los
pulgares y eleva la tapa mientras una luz familiar procedente del
interior le ilumina poco a poco el rostro bajo una mirada sagaz.
-Sí,
definitivamente, es lo que buscamos.
La vuelve a cerrar
rápidamente mientras en guardaespaldas limpia el cuchillo en el
hombro de Big Joe.
-Bueno, asunto
resuelto entonces, ¿eh?
-Más o menos. Sólo
una pregunta, Big Joe: por casualidad, ¿lees la biblia?
-¿La… la biblia?
-Sí, la biblia. Hay
algunos versículos que me parecen especialmente apropiados para la
ocasión, de Ezequiel, 25:17.
Big Joe no puede
cerrar la boca, por un momento contempla la posibilidad de salir del
atolladero con una simple lección de sabiduría pero sus esperanzas
se desmoronan con cada palabra igual que su mirada sobre la mesa.
El caballero
británico las pronuncia despacio, buscando con sus ojos los del
hombre que tiene en frente, inclinando para ello ligeramente la
cabeza mientras prosigue, como asegurándose de que el sentido de
cada frase queda comprendido por completo :
-El camino… del
hombre recto… está por todos lados rodeado… de la avaricia de
los injustos… y por la tiranía de los hombres malos. Empieza a
sonar The house of the rising sun interpretada por The animals.
Bendito sea aquel
pastor… que en nombre de la caridad… y de la buena
voluntad...saque a los débiles del valle de oscuridad. Porque él es
el auténtico guardián de su hermano y el descubridor de los niños
perdidos...La voz y la imagen se van fundiendo en negro a medida que
el discurso continúa.
***
-Eh, amigo. ¡Amigo!
¿No le parece que eso es tirar el dinero?
Un asiático que
rasca con una moneda algunos boletos sobre el mostrador de forma
compulsiva levanta por un momento la cabeza, en principio algo
confuso: “¡Tú hablas mielda!”, concluye, y sigue con su tarea.
-Sí, seguro. Unos
Red apple. Gracias.
Bill se coloca un
cigarro entre los labios mientras sale de la tienda y camina unos
pasos hasta la oficina de Big Joe. Suena School days de Chuck Berry
-Qué tal Wendy,
¿está ocupado?
-¿Y cuando no lo
está? El día que pare será cuando le dé un infarto.
Los gritos de Big
Joe al teléfono se oyen prácticamente desde la calle:
-...Im - po - si -
ble. ¡Imposible! ¿No me has oído? ¿Quieres que te lo deletree? Y
además no me sale de los cojones. No. ¡No me vengas con esas! Así
están ahora las cosas y reza porque no se pongan peor. ¡Pues ahora
ya lo sabes!
Big Joe cuelga el
teléfono y respira profundamente: -Señor, que paciencia hay que…
¡Billy! ¡No te quedes ahí, pasa!
-¿Va todo bien, Big
Joe?
-No Billy, los
negocios nunca van bien. ¿Y sabes por qué? Porque siempre podrían
ir mejor.
Ambos sonríen,
estrechan las manos y Big Joe continúa:
-¿Qué tal las
carreras, muchacho?
-Bueno, es lo que
dices, siempre podrían ir mejor, ¿no?
Espera, voy a cerrar
la puerta:
-Wendy, que no nos
molesten, no me pases llamadas.
-Ok, Joe.
-Bueno, perdona que
te haya hecho venir sin mucha más explicación pero tengo un asunto
urgente… al que le vendrían bien tus… habilidades. ¿Recuerdas a
Raoul?
-Claro.
-Sabes que llevamos
muchos años trabajando juntos.
-Más que conmigo,
¿no?
-Así es. Y, dicho
suavemente, temo que puedan empezar a ser demasiados.
-Vaya.
-Te voy a ser
sincero Billy, ahora mismo no me fío de él. Le he enviado a un
encargo, sencillo pero muy importante y no estoy seguro de que lo
vaya a hacer bien.
-¿Ha vuelto a
beber?
-¿Acaso lo ha
dejado alguna vez? Lo que quiero es que te asegures de que todo
marcha bien.
-Bien, lo haré,
pero seguro que va bien.
-Eso espero. De
verdad que lo espero.
Las palabras de Big
Joe adquieren un tono sombrío.
9. Problemas
Raoul baja del
Camaro, camino de la oficina de Big Joe, ya es de noche. Suena I needher de The dominions.
Abre la puerta de la
oficina y no tarda en descubrir el problema urgente por solucionar:
una mujer joven yace tendida sobre un charco de sangre:
-¡Joder Joe! ¿Qué
es esta mierda? ¿Qué es esta puta mierda? ¿Qué cojones has hecho?
-¡Raoul!, Raoul, no
sabes cuánto me alegro de verte, tú me conoces, tú sabes que yo no
soy así. No sé que ha podido pasar, joder, no lo sé. Forcejeamos,
resbaló… Raoul, tienes que ayudarme con esto, tienes que ayudarme.
-Ah, ¿que resbaló?
¡Joder! Pues no hay ningún problema, se lo explicamos a la policía.
¿Y se puede saber quién cojones es? ¿Ahora te tiras a las zorras
en la oficina? ¡Tienes un club a 20 metros!
-No, joder, es… es
Mia, Mia Wallace.
-¿Qué? ¿La viuda
de Marsellus? ¿De qué va esto?
Big Joe se deja caer
abrumado sobre la silla de su despacho:
-Después de la
muerte de Marsellus me llamó Antwan, ¿lo conoces? Trabajaba para
él.
-¿El negro samoano?
No se le dan muy bien las cartas. Nada bien en realidad, no tiene
paciencia.
Raoul revisa la
escena con un poco más de detalle, leyendo qué ha pasado
exactamente y anotando mentalmente los pasos para solucionarlo.
-Vino a mí después
de que… ¿sabes que lo tiraron por el balcón?
-Cuatro pisos sin
ascensor, algo he oído.
-Antwan me contó la
historia. Hay algo en casa de los Wallace que debemos recuperar. Y
quiero que tú te encargues. El doble de lo habitual. Por lo de hoy
también. ¿Te encargarás?
Raoul mira al cuerpo
tendido en el suelo. Al menos tiene la ropa puesta.
-Joder, Joe. Voy a
acercar el coche pero vas a tener que ayudarme.
Cargan a Mia en el
coche mientras vuelve a subir el volumen del I need her de Thedominions y Raoul se pone en marcha hacia la escena inicial.
***
Cuando vuelve la
imagen el Camaro sigue en la carretera pero ya con el maletero vacío
y el asiento del copiloto ocupado por una maleta. La música sigue.
El coche toma una curva algo cerrada algo más rápido de lo
recomendable y uno de los neumáticos revienta en el peor momento,
abocando al coche a la cuneta de forma mucho más aparatosa de lo que
cabría esperar.
Con el coche medio
volcado y la cabeza contra la ventanilla Raoul para la radio y la
música cesa. Con dificultad coge la maleta y encuentra la manera de
salir por la otra puerta. Tira la maleta al suelo y cae rendido por
unos momentos, sentado sobre el asfalto, baja un poco la cabeza y la
vuelve a levantar:
-¡Joder! …
¡Joder, joder…!
Patea un poco el
coche cuando ya han empezado a sonar los primeros compases de Hey baby de Bruce Channel. Una rueda está destrozada, imposible seguir,
empieza a caminar por la carretera.
10. Encuentros y desencuentros
Los guantes de cuero
con rejilla de Bill aparecen sobre el volante conduciendo de forma
relajada por la noche mientras suena el Happy together de Theturtles. Toma una curva lentamente y observa el Camaro accidentado en
la cuneta de Raoul. Detiene poco a poco el vehículo y para la radio.
Examina un poco los restos, pone la mano plana sobre el capó,
captando su calor y se vuelve a poner en marcha al son de ShockingBlue de Venus mientras sonríe.
***
Un camión avanza
por la carretera en la noche y al dar la curva la luz alumbra una
silueta caminando por el arcén, el camión se detiene al llegar a su
altura.
Raoul eleva la vista
a la iluminada cabina del camión:
-Amigo, no soy
mecánico, pero por lo que he visto ahí detrás creo que ha tenido
algún problema.
-Sí... así es, ¿no
tendrá un teléfono?
-¿Y usted?
Raoul levanta su
busca a modo de símbolo de derrota.
-Vaya, no creo que
eso le vaya a sacar del aprieto.
-¿Tal vez podría
pedir una grúa con la radio o…?
-Ja, ja, ja. ¿Ojalá
funcionara, verdad?
-Joder.
-Suba, le acercaré
al bar de Sally, me viene de camino, desde allí podrá llamar. No
queda lejos.
Se ponen en marcha
al ritmo del No particular place to go de Chuck Berry.
***
Bill circula
despacio con especial atención a ambos márgenes de la carretera.
Nada, ni rastro, como si se hubiera esfumado por arte de magia. La
pista se ha enfriado. Ve a lo lejos el neón de un bar y decide parar
y probar suerte. Suena en la radio Stay de Maurice Williams and Thezodiacs.
***
-Recuerde lo que le
digo, los teléfonos móviles y los ordenadores son sólo el
principio. El control, amigo, el objetivo es el control. ¿Lee usted
la biblia?
-¿Qué?
Raoul lleva un
cuarto de hora aguantando un discurso que le parece del todo
delirante.
-Ahí lo dice, ¡lo
dice! Dice: “Y todos llevarán la marca de la bestia”. Acabaremos
todos con un microchip implantado, ¿que no? Y dice que “quien no
lo tenga no podrá comprar ni vender”. Hágame caso, amigo, lea el
apocalipsis. Bueno, aquí es. Espero no haberle agobiado con mis
preocupaciones. Pero también deberían ser las suyas.
-Sí, bueno, lo
tendré en cuenta. Gracias por el viaje.
-¡No hay de qué!
Raoul ve alejarse el camión, todavía incrédulo por lo que acaba de
escuchar, con su maleta en la mano. Se dirige hacia la luz del bar y
al entrar suena Whole Lotta Shakin’ Goin’
On de Jerry Lewis.
Muchas motos en el
aparcamiento, muchos chalecos de cuero con parches de bandas de
moteros.
Pide una cerveza en
la barra y pregunta por el teléfono. Grúa, taxi. Está colgando el
teléfono cuando entra por la puerta ni más ni menos que Bill Evans.
Trabaja para Big Joe, no puede ser casualidad. Él también le ha
visto.
Se dirige hacia el
extremo de la barra a ocupar el asiento vacío que corresponde a la
cerveza que ha pedido antes de llamar, Bill ocupa un asiento pasado
el codo de la barra:
-Raoul.
-¿Qué tal, Bill?
¿Qué te trae por aquí?
-Sólo quiero
hablar. Una cerveza, por favor.
Sally, una mujer muy
mayor que regenta el bar responde con una sonrisa.
Empieza a sonar el
Twist and shout de los Isley brothers
-Bien, pues
hablemos. Tú dirás. Aunque te advierto que no estoy teniendo muy
buen día.
-Ya, siento lo de tu
coche. ¿Qué ha pasado?
-Y yo qué cojones
sé. Joder, ni idea, el neumático pero… mierda, no sé.
Bill da un trago
largo a la cerveza que le sirve Sally sin apartar los ojos de Raoul,
evaluándolo.
-Supongo que nos
hacemos viejos.
-¿Qué? No, joder.
Claro que nos hacemos viejos, todos- señala a Bill con el cuello de
la botella, pero no es eso…
-Big Joe está
preocupado, a su manera. Ya le conoces.
-Sí, y por eso sé
que jamás se preocupa por nadie más que por sí mismo.
-Bueno, yo no lo
diría así…
-¿Qué es lo que te
ha contado, eh?
-Lo suficiente. Que
debemos llevarle esa maleta.
-¿Cuánto te paga,
el doble? Sea lo que sea es porque el encargo vale más…
-Si me hiciera ese
tipo de preguntas ya estaría hace mucho tiempo fuera del negocio.
¿Piensas dejarlo?
-Si me lo hubieras
preguntado la semana pasada te hubiera respondido que no. Si me lo
preguntas ahora, la verdad es que no lo sé.
-En ese caso será
mejor para todos que yo lleve la maleta a Big Joe.
Empieza a sonar
Respect de Aretha Franklin.
-¿Qué? ¡Ni
hablar! Aparta tus manos.
-Eh, eh, está bien,
vaquero. Pues llévala tú, ¿vas a llevarla andando? Yo te puedo
llevar, no vas a encontrar mejor conductor por aquí.
-Antes quiero hablar
con Antwan. No es nada personal, pero no me fío de los conductores
zurdos.
-Me parece una
pésima idea.
-Qué se le va a
hacer, intentar complacer a todos es no complacer a nadie.
-No, en serio,
Raoul, estás cometiendo un error. Y bajo mi punto de vista es mejor
poner la solución antes de que aparezca el problema.
-¿Aquí? Eso sí
que es una pésima idea. Mira, voy ir a vaciar la cerveza y cuando
vuelva te digo si vamos juntos a entregar esto a Big Joe o tú te vas
a la mierda, ¿qué te parece?
-Estás cometiendo
un error, Raoul.
-Sí, lo llevo
escuchando desde el instituto. Ahora, si me disculpas…
Raoul da un pequeño
tirón a la maleta que la libera de la mano que Bill ha tenido sobre
ella toda la conversación. Camina relajado hacia los aseos,
demasiado relajado, incluso bamboleándose un poco.
Al cruzar el umbral
del pasillo que conduce a los aseos, más allá de la cabina de
teléfonos, todo cambia en un instante, desenfunda su Glock 9 mm y
busca otras posibles salidas más allá de la puerta principal. Bill
está en la barra rojo de ira y le falta poco para decidirse a
seguirle a los aseos y poner fin a sus diferencias de criterio.
Hay varias puertas
de dependencias del personal a los lados, todas cerradas y al fondo
una puerta metálica cerrada con un candado. El disparo que vuela el
candado es la espoleta que hace saltar de la barra a Bill que sale
como un rayo hacia el corredor de los aseos y la cabina.
Alguien del personal
grita a su espalda: -¡Eh, oiga, no puede pasar, esa zona es privada!
-¡No puede pasar!
Se monta algo más
de barullo de lo deseable, una trifulca en un bar siempre tiene
resultados imprevisibles, pero parece un riesgo asumible por
solucionar el asunto “aquí y ahora”.
Raoul ya ha
atravesado la puerta metálica, la iluminación clara de los
fluorescentes y el azulejo blanco de las paredes contrasta con el
ambiente del bar, da un giro más, aparta unas puertas de plástico y
lo que ve le nubla por un momento la razón.
Colgados en ristras como en una sala de despiece de la industria
cárnica, hileras de piernas, brazos, y medios torsos humanos. La
imagen se inclina y se retuerce hasta distorsionarse y un zumbido
empieza a hacerse audible. Vuelve a sonar el tema que escuchó al
entrar al bar: Whole Lotta Shakin’ Goin’ On
de Jerry Lewis.
11. El matadero
A
los pocos segundos llega Bill. Sin más puertas ni ventanas ni salida
que por donde han entrado.
-¡Joder!
-¿Pero qué mierda
es esta?
Bill se ha olvidado
completamente de cómo y para qué ha llegado hasta allí, como si
hubiera cruzado un umbral hacia otra dimensión.
-Estamos jodidos.
¡Estamos jodidos!
Se escuchan pasos de
varias personas a los lejos desde la entrada del corredor.
-Pues podrías
pensar en algo. Al fin y al cabo tú nos has metido en esta…
¡mierda!
-¿Quién se puede
imaginar que…?
-Joder, hay gente
que paga por mierdas muy raras.
-Oh, joder…
-¡Eh, vosotros!
Raoul responde con
dos disparos, uno impacta en el hombro de uno de los moteros armados
que se asoma y otro en la pared haciendo que Sally y el resto
retrocedan hasta el recodo del pasillo, Bill cubre más ángulo desde
su lado y dispara una vez más.
-¡Bueno, vamos a
tranquilizarnos!
La voz de Sally
pretende poner algo de cordura a la situación.
-¿Tranquilizarnos?
¡Y una mierda tranquilizarnos!
-¡Ja!
Bill secunda a Raúl
y una voz grave resuena socarrona desde el fondo con un coro de
varias risas del resto: -Qué sucede, muchachos, ¿el menú no es de
vuestro agrado?
-¡Callad! ¡A
callar todos! Vamos a buscar la salida más razonable para todos de
esta… desagradable situación que se ha creado.
Mientras Sally
pronuncia estas palabras imponiendo la autoridad de su edad al resto
va recargando de cartuchos su escopeta.
-Ah, ¿sí? ¿Y qué
propones?
-Muy sencillo:
vosotros entregáis las armas y nosotros os escoltamos como
caballeros hasta la salida.
-Sí, claro.
-Lo siento, prueba
otra vez.
A ninguno de los
dos, que buscan desesperadamente una salida alternativa al pasillo
sin quitarle un ojo, les convence la propuesta de Sally. Sólo ven
algunas bolsas de cadáveres llenas, vacías, cajas de plástico,
varios cuchillos, algunos de buen tamaño...
-Entremos ya.
-Vamos.
Algunas voces de lo
que parece una pequeña turba cada vez más grande se impacientan.
Bill mira a Raoul
vocalizando: ¿Qué hacemos?
Raoul ya ha
abandonado toda esperanza: -No hay nada que hacer, equilibrio de
Nash.
-¿Qué?
-Teoría de juegos,
el equilibrio de Nash.
-¿Se puede saber de
qué coño me estás hablando?
-Olvídalo. Sólo
prepárate.
Y le pasa un
cuchillo de carnicero al vuelo.
-Y por cierto, ¿no
querías esto?
Raoul empuja la
maleta con el pie mientras empuña con una mano la pistola y con el
otro el cuchillo más grande que ha encontrado.
-Hijo de puta…
Bill guarda algunos
cuchillos más pequeños en el pantalón, coge con una mano la maleta
y con la otra su 38.
Alguien asoma la
cabeza y Raoul vuelve a disparar para mantenerlos a raya:
-¿Cuántos crees
que debe haber?
-Tal vez diez o doce
La risa de Bill
denota lo crudo que lo tienen.
-Oh, amigo…
Se cubre por un
momento con medio torso femenino de una de las líneas y cuando se da
cuenta de que se está apoyando en una teta, se besa la mano, la
vuelve a colocar y dice: -Te echaré de menos.
-¿Qué es eso?
Sus anfitriones han
lanzado una manguera por la que empieza a salir humo a buen ritmo, en
breve no se verá nada y poco después se asfixiarán.
-Hemos de salir. ¿A
la de tres?
-Uno…
-Dos…
Empieza a sonar
Tequila de The champs.
Y se lanzan hacia el
recodo del pasillo. Las balas se terminan pronto. Pero no detienen la
confrontación. La pelea sigue a machetazos y con gritos guturales, a
muy corta distancia, avanzan sobre los cadáveres de los caídos. Los
segundos pesan como horas. El suelo se torna resbaladizo y juega
malas pasadas a los que aún quedan en pie. A alguno de los de detrás
aún le quedan balas pero con el desconcierto terminan casi todas
donde no deberían. Los cuchillos suben y bajan con un ruido sordo al
caer y elevando regueros de sangre, Bill ha vaciado el cinturón de
todos ellos. El infierno condensado en cuatro metros cuadrados.
Sally, que aún
conserva algún cartucho, ve desesperada desde el fondo caer a los
suyos: -¡Matadlos, matadlos!
Los últimos sirven
como escudo mientras Sally gasta sus últimos disparos sin acierto y
le tiemblan las manos al recargar. Intercambian una breve mirada y
Raoul lanza el cuchillo de carnicero dando vueltas hasta estrellarse
en la frente de la anciana.
Para cuando todo
acaba el pasillo es una pila de cadáveres y la pared ha cambiado de
color y chorrea rojo prácticamente desde el techo hasta el suelo,
igual que ellos.
Raoul tiene un buen
corte en una mano pero Bill ha llevado la peor parte con diferencia,
varias perforaciones en un hombro, un disparo con entrada y salida
sin afectación de órganos vitales, otro que le ha rozado el cuero
cabelludo y algunas docenas de contusiones entre ambos de diversa
consideración.
-Si salimos de ésta…
-Dímelo cuando
salgamos, ¡vamos!
-Joder, si ni
siquiera tenemos balas ¿y vamos a salir por la puerta principal?
-Sí, pero los de
fuera no lo saben, ¡venga!
Al volver a doblar
el recodo hacia los aseos encuentran abierta una de las puertas antes
cerrada por donde sale la manguera cuyo humo les camufla en parte de
algunas siluetas lejanas, además de la confusión, seguramente de
curiosos:
-¡Venga, sigamos la
manguera!
-¡Eh, vosotros!
-¿Quiénes eran...?
Las voces lejanas
les recuerdan la idea de una nueva turba y un nuevo pasillo y les
espolea a través de la cocina, donde al final hallan una puerta que
por fin les devuelve a cielo abierto.
Se oyen algunas
sirenas lejanas resonando en el valle.
-¿Dónde has
aparcado?
-Por allí.
Caminan agazapados
entre filas de motos y coches que se extienden también por el
lateral del establecimiento.
-Hogar, dulce hogar.
Bill toma el asiento
del conductor y lanza la maleta al asiento de atrás.
Raoul se deja caer
en el del acompañante: -Desaparezcamos de aquí cuanto antes,
¿puedes conducir?
-¿Y la maleta?
-¡Por dios,
olvídate ya de la puta maleta, vámonos de aquí!
El coche arranca y
en la radio suena Surfin’ USA de los Beach Boys mientras se alejan
por la carretera.
-¿Y qué mierda es
esa de la teoría de juegos?
12. Florida
Suena el Bring it onhome to me de Sam Cook mientras Sarah se desmaquilla frente al
espejo. Mira un perfil, el otro, estira de algunas bolsas para hacer
desaparecer alguna líneas. Está cansada. Sale del bar, ya vestida
de calle, tras despedirse de los chicos camina con los brazos
cruzados, mirando al suelo, pensativa, cuando una voz la saca de sus
divagaciones:
-Eh, forastera,
¿puedo invitarla a una copa?
Sonríe al reconocer
a Raoul, lleva la mano vendada y el viejo Camaro tiene algunas
abolladuras. Primero va a cogerle la mano, luego mira también al
coche: - ¿Qué os ha pasado?
-Oh, es una larga y
dolorosa historia… de la que prefiero no hablar.
La besa: -Supongo
que nos equivocamos de camino… y por eso terminamos en un
terraplén.
-¿Y no lo vas a
arreglar?
-Sí, pero no ahora.
Tengo otros planes.
-¿Qué planes?
Sarah sonríe
mientras la abraza y la hace girar levantándola un poco del suelo
-Florida.
-Oh, no, ¿Florida?
-Vamos, encontrarás
otra banda.
-Y con un
guitarrista que no desafine.
-Eso.
-¿Cuándo?
Raoul mira hacia un
lado apoyado en el coche, luego hacia el otro y luego por fin a
Sarah:
- Ahora.
-¿Ya? ¡Lo dices en
serio!
-Completamente en
serio. He conseguido un pequeño...adelanto.
-¿Suficiente?
-Sí, suficiente.
Sarah, mira a su
alrededor, en especial a la puerta del bar por la que ha entrado y
salido tantas noches.
-A la mierda.
Vámonos. Echaré de menos a Larry…
Raoul responde
poniendo los ojos en blanco a la vez que abre la puerta del copiloto.
-¿Qué?
-Sube y te cuento el
secreto del éxito en el negocio de la música según Larry.
-¿A que te
refieres?
-Te va a encantar.
Suena The letter deThe box tops mientras el destartalado Camaro se pierde entre el
tráfico.
13. Delirios
Raoul vuelve a
caminar el jardín ralo de Antwan, esta vez desde el punto de vista
de Bill que observa desde el coche. Han podido pasar por una
gasolinera apartada y adecentarse un poco. Lleva la herida del torso
vendada con algunos retazos de tela sucia y cinta americana,
desinfectada con bourbon, como la del hombro. Ve las estrellas cada
vez que ha de cambiar de marcha, llevan sólo las chaquetas sobre el
torso desnudo. Revisa el aspecto del orificio de entrada.
La visita es
relativamente breve pero la espera es tensa. No porque Raoul vaya a
huir con la maleta, ninguno de los dos podría ir demasiado lejos.
Después de todo, no vale la pena.
A los veinte minutos
Raoul vuelve un poco más renqueante de lo que ha entrado. Abre la
puerta del acompañante y deja caer la maleta en el asiento de atrás,
sin mediar palabra.
-¿Y bien?
Raoul sólo se gira
y mira a Bill.
-¿Qué, qué te ha
dicho?
-Da igual,
llevémosle a Big Joe lo que quiere y cojamos nuestra parte.
-¿Y ya está? Qué
fácil hubiera sido si desde el principio… te dije que te
equivocabas.
-Déjalo ya.
-¿Pero qué te ha
dicho?
-Que hay carísimos
restaurantes clandestinos para gourmets ricos y enfermos en los que
sirven carne humana. ¿Te lo creerías? Pues mucho peor. ¿Sabes lo
que me contó ayer un camionero..?
-Después de lo de
ese bar de carretera creo que podría creerme cualquier cosa.
Empieza a llover
sobre el parabrisas mientras conversan y suena Riders on the storm de The doors cuando Bill arranca el coche y se enciende la radio, se
alejan con rumbo a la oficina del puerto.
14. Negocios
Big Joe los ve
entrar en la oficina desde su mesa, con una sonrisa en los labios y
una mano sobre el revolver bajo el escritorio:
-Vaya, vaya. Mira
por donde aparecen mis chicos, y los dos juntitos. ¿Habéis hecho
buenas migas?
-Corta el rollo Joe.
Aquí tienes lo que buscabas.
Raoul deja caer la
maleta sobre la mesa con cierta brusquedad.
-Pero bueno, ¿qué
modales son esos? ¿No os vais a sentar, no queréis un trago para
celebrarlo?
-Queremos nuestro
dinero y nos largamos.
Bill sigue una línea
parecida a la de Raoul.
-Tenéis mal
aspecto, ¿habéis pasado mala noche?
-Compruébalo.
Big Joe los mira con
desconfianza alternativamente:
-Pues sí que tenéis
prisa. En fin, vamos a ver qué tenemos aquí.
Gira la maleta, fija
la secuencia de tres dígitos y levanta los cierres haciendo sonar
los resortes:
-Bueno…
Abre la tapa
despacio mientra una luz empieza a emanar del interior bañando de un
tenue tono ámbar su rostro:
-...sí, eso es. Qué
maravilla.
La vuelve a cerrar
antes de que la luz termine de embelesarlo.
-Buen trabajo,
caballeros.
Big Joe está
satisfecho pero no termina de entender por qué los dos siguen allí
plantados.
-El dinero, Joe.
Raoul sabe lo
rezongón que es Big Joe a la hora aflojar la mosca.
-Ah, el dinero, el
dinero, sólo os interesa el maldito dinero. ¿Tiene que ser ahora?
Mira
alternativamente los rostros pétreos de ambos.
-Sí, vale, mejor
ahora. Lo capto, lo capto. Habéis trabajado duro.
-Joder Joe, no
podrías ni imaginártelo.
-Da igual.
Raoul no quiere
entrar en detalles.
Big Joe se levanta y
hace girar sobre sus bisagras el cuadro simulado de una marina
bastante hortera que hace las veces de tapa de la caja fuerte oculta.
Hace girar la rueda de la caja con su sonido característico y deja
caer algunos fajos de billetes sobre la mesa.
-Muy bien, lo
acordado y lo acordado.
Bill va metiendo
fajos dentro de su chaqueta, junto a la herida pero Raoul carraspea
un poco.
-¿Qué? ¿Qué más
queréis? ¡Joder, me estáis desangrando, y así, sin avisar!
-Joe, está también
lo de… la chica.
-¿Qué chica? Ah,
joder… la chica.
Mira al interior de
la caja fuerte y vuelve a mirar a Raoul:
-¿De verdad tiene
que ser ahora?
-Sí Joe, lo dejo.
-¿Cómo? ¿Que lo
dejas, así sin más? ¡No jodas! Y qué, ¿tú también te vas?
-Bueno, dejemos que
pase un tiempo a ver cómo van las cosas.
-Hostia puta.
¡Estáis hechos una mierda!… Vale, vale, lo pillo… y lo de la
chica, ¿contento?
Deja caer unos
cuantos fajos más sobre la maleta.
Raoul los va
introduciendo en varios bolsillos:
-Contento de
alejarme de esa mierda. Ojalá a ti te traiga mejor suerte.
Big Joe sonríe y
vuelve a tomar asiento, haciendo girar levemente su sillón de un
lado al otro:
-¿Bueno, pues eso
sería todo, no, caballeros?
-Sí... ¿te importa
que haga una llamada?
Big Joe coge un
viejo teléfono con los dos dedos del medio y lo deja sobre la maleta
mientras aguarda con la mano cerca del revólver y observa.
-¿Larry? Me tienes
que hacer un favor. Han llevado mi coche esta noche a un taller del
norte, podrías recogerlo por mí… sí, y venirme a buscar al
puerto. No, que le cambien la rueda y listo, habla con César. Oh
vaya, siento interrumpirte, quizás por una vez te levantes de una
mesa de poker a tiempo. Sal ya, te espero.
Salen de la oficina
bajo la atenta sonrisa de Big Joe que está deseando ver como
desaparecen.
-¿Seguro que no
quieres que te lleve a ningún sitio?
-No, gracias. Ve a
que te miren eso si quieres vivir para gastar el dinero.
-Lo haré, aunque
hay pocas cosas que no mate el bourbon.
Bill se aleja hacia
el coche bajo el ruido de las gaviotas cuando empieza a sonar
Fortunate son de los Creedence.
15. Big Joe
Big Joe descuelga el
teléfono desde su oficina y marca un número anotado en un papel. Al
poco contesta la voz de una mujer.
-¿La Señora Mia
Wallace? No, no nos conocemos, aunque es posible que haya oído
hablar de mí, todos me conocen como Big Joe. Ante todo querría
trasladarle mi más sentido pésame, yo también lo lamento, en el
pasado tuve algunos negocios con el señor Wallace.
Empieza a sonar
Sympathy for the devil de The rolling stones.
Dado que,
tristemente, ya no está entre nosotros, me dirijo a usted para
hablar de una oportunidad que le podría interesar, pero preferiría
poder tratarlo cara a cara. Donde usted me diga, o puede venir cuando
quiera a mi oficina. Créame, no se arrepentirá, es un negocio que
podría resultar muy provechoso para ambos. Sí, anote la dirección.
La espero entonces. Será un placer conocerla en persona.
***FIN***