jueves, 16 de julio de 2026

Tempus fugit

  

Los tiempos no vuelven. Y se marchan tan rápido que podría decirse que en realidad nunca llegaron a suceder. Todo siempre se escapa, todo se está yendo. Tempus fugit, dicen.


Y siempre es igual, los estoicos dicen que el problema es el apego. Así, aquellos que encontraran su leit motiv, ya sea en el teatro de Shakespeare o en el cine de los 80, da igual, no volverán a dar con la misma tecla. O en el blues o en la canción protesta, lo que sea. O unos versos de Machado. Todo tiene su momento y su lugar y no otro, por más que el tiempo a veces nos quiera devolver los ecos.

Así, los que profesan sus filias en ese tipo de terreno se ven abocados a la situación del yonki que troca una adicción por otra, en alguna medida. O a permanecer cada vez más aislados con sus fetiches, como los amantes del cine en blanco y negro, que a pocos interesa ya en tiempos de superhéroes. Sucede igual con las personas. Siempre nos quedará París.

lunes, 13 de julio de 2026

Gaudí


    

Molts recorden el fets, però pocs recorden els temps.


Muchos recuerdan los hechos, aislados, desconectados, pero pocos recuerdan los tiempos.

Y el hecho es que Gaudí muere como resultado de las heridas del atropello de un tranvía de la línea 30. En una tarde de junio de 1926, en la Gran Via de les Corts Catalanes. Tenía 73 años. Hay una placa redonda en el suelo con la fecha inscrita.

Dos años antes, en el 24, resultó arrestado por dirigirse a unos agentes en catalán. O eso es lo que consta en los archivos, en realidad formaba parte de una protesta más amplia que exigía acceso al lugar de fe.

Son los años de la dictadura de Primo de Rivera, un claro retroceso para la tentativas nacionalistas en Catalunya y para los derechos más elementales. El directorio toma buena nota de ese tipo de incidentes. De las afinidades, de las simpatías, de las lealtades.

El año anterior se destapó el complot del Garraf, por el que se pretendía atentar contra la vida de Alfonso XIII, aquel que terminara huyendo tras las elecciones municipales de 1931 que resultaron el acto fundacional de la segunda república.

La idea era situar un explosivo en la vías, en un tramo donde la costa es tan escarpada y pasan tan cerca del mar que no es posible bordearlo a pie por el lado litoral. Se acabó destapando y para aquellas fechas se estaba procesando a los detenidos.

Se atribuyó a Bandera Negra, vinculada a Estat Catalá que luego se sumaría a ERC. Pero sucede con estas cosas que, cuando son destapadas, uno no sabe si, entre los propios promotores, los servicios de seguridad han tejido sus hilos. Hasta el punto de estar a veces incluso a cargo de la iniciativa.

Sea como fuere, el hecho es que un anciano indocumentado fue atropellado una tarde de junio de 1926. Los taxistas no quisieron prestar asistencia, dicen que por entonces su aspecto era sumamente descuidado. Dormía en un camastro en la obra de la Sagrada Familia. Entregado por completo a su trabajo y a la fe.

Precisamente el atropello tuvo lugar de camino a la iglesia de Sant Felip Neri, en el barrio gótico de Barcelona. Muy cerca de donde abrió su primer despacho del Carrer del Call número 11. Del call, jueu, se entiende. Muy cerca de la sinagoga y en lo que fue uno de los ejes de la Barcino romana.

Sant Felip Neri se erigió sobre los antiguos espacios del gremio de zapateros y caldereros. Y precisamente Gaudí paso parte de su infancia en el Mas de la Calderera. Que ya insinuaba algunas de las ondulaciones que posteriormente definieron su obra.

En su tiempo el sentir general no estaba muy de acuerdo con su gusto estético, hoy lo vienen a ver desde todo el mundo. Es curioso porque cuando uno lee acerca de la vida de Gaudí encuentra resonancias cargadas de significado. Así, su compañero de pupitre Eduard Toda i Güell, personalidad eminente por propios méritos, prefigura de alguna manera el papel de Eusebi Güell, que resultaría clave en la financiación de su proyectos.

Tal vez no signifique nada. Tal vez no lo entendamos. Puede que de eso último vaya, precisamente, la cuestión de la fe.
Por otro lado, en tiempos donde se estrecha el control de los servicios de seguridad, y más sobre aquellas figuras públicas que dan respaldo a causas peligrosas, no es difícil pensar que Gaudí resultara objeto de atención.

Nadie lamentó entonces nada más que el infortunio del accidente. La cabeza del cortejo fúnebre entraba en la iglesia cuando la cola apenas había iniciado la marcha. Es algo que el catalanismo sabe hacer bien. Se diría que va con la maldición de la Marca Hispánica, ser tierra de frontera, si la geografía es el destino, configura un determinado carácter.

10 años después el país estallaba en guerra civil. Después de que a un viejo lo atropellara un tranvía. Unas veces puede ser un aviso, otras algo más. A veces el simple resultado del clima de tensión. De lo que no cabe mucha duda es que la forma de cruzar que produjo el accidente y en el punto que lo produjo, denota cierta urgencia. Y un carruaje adelantando a un tranvía.

A nadie se le escapa que en tiempos donde la contestación sólo puede ser clandestina las redes eclesiásticas, que ya de por sí tienen un papel, cobran si cabe mayor relevancia.

Tal vez así se pueda explicar la urgencia de la fe o tal vez baste con la ilusión de un hombre absorto en su trabajo. Irónicamente se despidió de un colaborador rogándole que acudiera temprano al día siguiente, que harían “cosas bonitas”.

Una de las cosas que sorprende de Gaudí es su prolongada formación, casi un década en el ambiente universitario de la época. Sin ser un alumno especialmente brillante, lo que apunta a que las tertulias y los cafés debieron tener un papel tan importante como las aulas. Las relaciones, los contactos.

Quienes lo licenciaron ya mostraban sus dudas, no sabían si habían otorgado el título a un loco o a un genio, el tiempo lo diría. Y se diría que el tiempo ha hablado alto y claro. Su obra se encuentra entre las más reconocidas y reconocibles del mundo.

Alfonso XIII finalmente no murió como resultado de ningún complot catalanista, terminó saliendo del país por su propio pie. Cuando Marx escribió que la historia se repite, primero como tragedia y después como farsa, parece que adelantara ese periodo de XIX-XX español. Un rey se va, una república se funda, unos militares la derrocan para restaurar el orden. La diferencia entre la primera y segunda república es que la Sanjurjada ya no funciona la segunda vez.

Se diría que operan exactamente los mismos mecanismos bajo la misma lógica y lo único que varía es la correlación de fuerzas. Y que algo de cíclico hay en ello. La tensiones entre Madrid y Barcelona, o entre Madrid y su corona, son antiguas y tienen raíces profundas. Para comprender eso es necesario tener presente la pugna entre aristocracia y burguesía que se ha desarrollado en Europa en los últimos siglos, la misma que la existente entre burguesía e iglesia. La proclamada por Jacques de Molay en la hoguera.

Nuestras vidas pasan envueltas por guerras que a veces ni siquiera conocemos y otras en las que tal vez tomamos parte. Se han cumplido hace poco 100 años de la muerte de Gaudí y se ha terminado su última obra. Se inauguró durante la visita del Papa. Aunque estos asuntos ya no son del interés de mucha gente, se diría que la iglesia no ha cesado en su declive desde que salieran de la clandestinidad. Quizás por eso otros prefieran permanecer en ella.

En cuanto a las mencionadas tensiones, están muy lejos de ser mera cuestión del pasado. Antes son heridas que no terminan de cicatrizar. Como brasas que reviven, la tel vez se azuzan, en determinados momentos. Franco, que tuvo una posición de privilegio sobre la información en este país, hablaba de conspiración judeo-masónica,

Cuando estudiamos hoy estas etapas, las definimos bajo el eje liberal-absolutista. Sin mayor contexto no es fácil apreciar que la pugna en realidad es entre el poder local y el foráneo. Que las promesas liberales se deshacen pronto cuando es la burguesía la que ostenta el poder, como hemos podido comprobar.

Esa burguesía promovió la igualdad ante la ley en su proclamación de los derechos del hombre. Pero cuando vino Marx señalando que sin medios materiales, tal declaración resulta en un brindis al sol, dieron caza a los comunistas como los primero cristianos fueron cazados.

Alguna de esas simpatías se le reconocen a Gaudí en su juventud, de hecho sus primeros trabajos fueron para una cooperativa. Una anécdota curiosa es que cuando fue detenido en 1924, solicitó a un eclesiástico de confianza, el importe de su fianza más el de un vendedor ambulante con el que presumiblemente compartiría calabozo.

Al final la sensación es que pasamos por la vida sin apenas comprender y en un mal paso todo termina. Cuando paso por delante de la pedrera, con sus curvas pétreas, no deja de evocarme esa viejas construcciones megalíticas donde los bloques configuran ciertas sinuosidades. En sus propias palabras, la línea recta pertenece al hombre y la curva a dios. Supongo que hicieron bien poniendo la placa conmemorativa redonda. Puede que alguien por ahí arriba sepa lo que se hace.



 

 

miércoles, 21 de mayo de 2025

El talón de Aquiles

En el nuevo trabajo la cosa ya empezó bastante extraña. Justo había dejado el trabajo anterior para no entrar en discusiones sobre política y coincidentemente aquí se empezó hablando de política desde el primer día. En 20 años de idas y venidas por los trabajos más variopintos jamás había entrado en realidad en esos temas.

Por lo demás parecía normal. Aunque había detalles raros. Existía una clásula en inglés en el contrato (la matriz era holandesa, un tal Van der Burg) que exigía comunicación diaria si en algún momento se optaba por la baja médica. Casi surrealista.

Y el “trabajo” bien, ni siquiera completaban el horario del día, simplemente charlaban de como acometer el proyecto (captación de instalación de fotovoltaica) además de otros temas ya mencionados, muy distendido todo y con un nivel salarial superior a lo habitual en el sector.

Un proyecto pequeño, en un coworking al lado de un hotel de 5 estrellas. El día de la entrevista tomó allí un café mientras conversaba relajadamente con el director comercial. Al final el responsable en España que reportaba directamente a la matriz y el que había organizado todo. Fue curioso ver que la empresa había iniciado su andadura poco después de que renunciara en la anterior.

El primer día comieron en un japonés, práctica habitual en la empresa anterior, donde el jefe los llevaba de vez en cuando a todos en manada. Comentaron algunos detalles que le recordaron a cierta parte de la familia, lo que le hizo pensar hasta qué punto lo habían investigado, no hacen falta muchas coincidencias para entender que no se tratan de coincidencias.

Una de las particularidades del coworking era que podía abrir la puerta con el móvil, a través de un app que exigía permisos para conocer la ubicación. Menudo control. Al parecer querían saber en todo momento donde estaba.

El segundo día que fueron a comer a cargo de la empresa le llevaron a un restaurante chino, horrible, con todas las sillas tapizadas con la imagen de la cabeza de un ciervo y unos pobres peces naranjas a la entrada, demasiado grandes para lo que parecía una maceta de piedra convertida en pecera diminuta. El menú no presentaba mucho mejor gusto, la verdad. En los segundos, en la mitad de los platos a elegir se señalaba entre paréntesis (ligeramente picante) en la mitad de las 8 o diez opciones.

Se decidió por el “pollo gunpao”, el primero de la lista. Su acompañante lo secundó. Era una mujer mayor cuya madre acababa de fallecer y odiaba profundamente al pequeño perrillo que había heredado de ésta. Al parecer el sentimiento era recíproco. Fue la que hizo el comentario que le recordó a esa parte de la familia olvidada.

La jugada debió darse en dos tiempos porque desde la entrevista, al cabo de pocos días, ya notó cierto malestar que le llevó a urgencias incluso antes de firmar el contrato y tras el poco tino de estos (ninguno, en realidad), a pedir hora con el médico de cabecera la primera semana de trabajo, cosa más bien poco habitual. Entendió en seguida la cláusula especial sobre la situación de baja.

Bien, dicen que a los amigos hay que tenerlos cerca y a los enemigos, más aún. Y parecía dispuesto a llevar ese principio hasta sus últimas consecuencias. Volviendo al restaurante chino, fueron muy pronto, sobre la una y algo, de hecho ocuparon la primera mesa del turno.

Advirtió algunas miradas curiosas en las camareras, como disimulando cierta risa. Quién sabe, al final es bueno trabajar de buen humor. Y volviendo al “pollo gunpao”, bueno, pareciera que la salsa no tuviera muchos más elementos que un par de tarrinas de la salsa picante del kebab.

Algo exquisito en pequeñas dosis que resulta vomitivo a cucharadas. Al final el veneno lo hace la dosis. Esquivó conscientemente los platos señalados como picantes precisamente para eludir esa situación. Daba igual lo que hiciera o dijera, se diría que ya estaba hecho.

Pero no fue eso todo, al llegar al centro mismo del plato el bocado se tornó ácido como nada que hubiera comido antes. Le duró el sabor de boca dos días, a pesar del cepillado de dientes. Lo curioso es que en ese preciso momento el jefe le preguntó si estaba todo bien cuando aún estaba tratando de valorar qué es lo que estaba masticando. Tal vez le viera la cara, sin duda veía algo que él no: “Sí, bueno...demasiado picante”.

Tragó su bocado. No ardía, era simplemente el sabor más desagradable que jamás nadie pueda haber probado. No era, desde luego, un error de cocina. Podría serlo en todo caso lo del picante, aunque en cantidad, tampoco. Eran los términos reales del contrato, a la postre.

Salió del restaurante desairado. Recordaba la frase, de una conversación que en principio no tenía nada que ver con el contenido de su plato, entre aquellas dos personas, le dijo el jefe a su supuesta empleada: "bueno, supongo que a este ya lo podemos descartar."

“Ligeramente picante”, decía, "¿esto qué es, una broma?", saliendo del restaurante señalando la carta expuesta en el exterior.

Será porque el resto son “picante de la hostia”. La compañera también hizo notar que el plato no estaba bien. Pero no parecía que hubiera tenido la sorpresa del centro. Aunque a saber, al fin y al cabo él mantuvo en todo momento la compostura.

Vale. Que tengan lo que quieren. A ver si realmente lo quieren, después de todo. O no. mejor que no lo tengan, tal vez esperaban que devolviera la comida al plato, a saber. Al día siguiente, en el que procedía empezar con la tareas previstas sacó a su jefe del coworking con la excusa de hablar en privado. Era un día especialmente frío comparado con los anteriores.

-¿Quién ha montado este circo?

Se le escapaba la risa por dentro mientras trataba de seguir en su papel…:

-...estás ofendiendo a la empresa y...

-No, aquí la parte ofendida soy yo.

-...si algo está mal en un restaurante…

-Eso no es un error de cocina. ¿Qué te han contado de mí y quién ha montado este circo?

-...oye, no tengo tiempo para...

Tuvo que insistir para que entraran en el bar de la esquina, hacía frío y se le estaba secando la boca. El jefe por supuesto no tomó nada.

-O entramos o me voy.

Finalmente accedió. El resto de la conversación continuó en similares términos, seguía en su papel.

“Ves al médico”. “Diles que me dejen en paz”. “Se lo diré”, acabó reconociendo incrédulo. Sin duda sabía una pequeña parte que ocultaba, pero estaba muy lejos de comprender todo. Así funciona.

El peón es completamente ajeno a la estrategia de cada color, incluso al resto del propio tablero. Simplemente es movido.

Al cabo de unos días recibió un mensaje extraño en el móvil. Al parecer alguien había hecho una compra en el Zara de un centro comercial pijo y había puesto mal el móvil, le había llegado a él.

¿La compra? Apenas se veía en la foto, un chaleco de mujer blanco bordado. Nada se distinguía en la imagen y sólo se adivinaba un trapo blanco. Curioso. ¿Una bandera blanca?

La gente no tiene ni el tiempo ni la sensibilidad para prestar atención a determinadas sutilezas. No comprenden como funcionan algunas cosas. Casualidad, diría cualquiera. Y sin duda podría serlo. En función del contexto. Y en ese tiempo y ese contexto más que un error parecía una bandera blanca. La tomadura de pelo de entrevista que hizo una vez para Zara le recordaba bien la clase de gente con la que trataba. Ese tipo de gente que inicia una guerra enarbolando una bandera blanca.

Con tales seres, no existe posibilidad alguna de paz ni de dar ningún crédito a sus palabras, no conocen más que la mentira. Negarán, suplicarán, fingirán. Y seguirán mintiendo. Hasta las últimas consecuencias. El honor les es simplemente impropio.

La ecografía que ordenó el médico no reveló nada relevante. Aún así las molestias persistían. Fue él mismo el que sugirió una analítica ya que hacia mucho tiempo que no pasaba una revisión.

Se postergó un mes desde la visita. Al poco, segunda ecografía, de nuevo sin hallazgos. Aunque él sí vio en la pantalla una forma esférica la segunda vez, pero quién sabe interpretar esas imágenes. Fue curiosa la casualidad de que ambos responsables tuvieran acento argentino, en la primera y en la segunda. “Organificas”, dijo el primero, cuando el asistente lo llamó al ver algo que no le pareció claro. O bueno, por su expresión. La analítica sí que reveló un exceso significativo de neutrófilos, sin duda muy organificado.

Y bueno, si te han de envenenar, qué menos que en un hotel de 5 estrellas, ¿no?

***

En otro orden de cosas, en principio sin relación, a veces se quedaba sin tabaco en mitad de la noche. En esas ocasiones solía recurrir a una gasolinera cercana. Lo hizo durante varios años sin el menor problema, no es complicado: haces la cola, si hay, pagas, recoges el tabaco y te vas. Lo normal.

Sin embargo en el último año o así, había una cajera un poco especial. Siempre que iba estaba ocupada haciendo alguna otra cosa. Y te indicaba que esperaras para ser atendido. Más bien parecía fingir hacer algo, y fuera lo que fuera lo podía hacer en cualquier otro momento en el que no tuviera un cliente esperando. Es esa clase de juegos de poder psicológicos, sutiles.

Las primeras veces que lo hacía aguardó con paciencia. Un día le cogió de peor humor y picó con fuerza en el cristal incomodándola notablemente. El rostro se le enrojeció de ira. Entre ira y vergüenza ante la indiferencia de él. La vez siguiente que le hizo lo mismo ni siquiera compró el tabaco allí, salió de la cola recordándole a la puta de su madre y andó unos cientos de metros más hasta otro establecimiento más cabal.

Pero el asunto le dejó escamado, no era en absoluto normal. Ese tipo de provocaciones obviamente conscientes, con una perfidia impropia de un ser digno de llamarse humano. Al volver lo primero que hizo fue indagar en esas páginas con información de empresas. ¿Tal vez fuera la dueña que cubriera el turno de noche y su orgullo engreído le impidiera realizar sus tareas de una manera mínimamente razonable?

Y así buceó en algunos nombres, nombramientos y cargos… “Massó”. Curioso. Y en uno de los cargos secundarios anteriores, encontró una coincidencia llamativa. Uno de los nombres, tras algunos movimientos en los años recientes, a su vez tenía cargo en una empresa de un sector muy distinto. Una app para el móvil que se utiliza en principio para controlar accesos y que pide permiso para conocer la ubicación del dispositivo. Parece que había encontrado el talón de Aquiles.

“No eres tan importante”. Ésa fue una de las frases que le espetó el responsable de la empresa con matriz holandesa.

Tal vez no. Pero se diría que algunas personas se han tomado muchas molestias para producir no pocas molestias. Como mínimo tenerlo contratado un año, recontratarlo unos meses después con otra… Es curioso porque, en una de las primeras comidas con la empresa anterior, el jefe de allí hizo ciertos comentarios sobre el picante. Pero la gente no tiene memoria, ni tiempo ni sensibilidad para prestar atención a ciertas sutilezas.

Incluso crear una sucursal local en el país para contratarlo de nuevo. De las molestias ocasionadas en el funcionamiento de sus ordenadores privados, para qué abundar en ello. Muchas molestias, se han tomado. Para no ser tan importante. ¿Y todo por qué?

Por exponer la verdad. Por denunciar los abusos de una élite cobarde y oculta cuyo negocio es poner a otros a hacerse la guerra y patrocinar genocidios, desde hace siglos. Desde que el mundo es mundo, se diría. Al parecer no perdonan a los rusos lo que hicieron con los Romanov, quién sabe. Porque al final, tras años de estudio en diversos campos, la tesis que apunta a las 13 familias parece fundamentalmente acertada.

Bien se encargan de que la gente no sepa nada de lo que hay que saber, el poder del dinero es un poder omnímodo, se diría. Y ni siquiera aquellos que llevan a cabo sus designios saben qué sucede. Pensarán que lo hacen por alguna buena causa, guiados por alguna mentira y dando servicio al final a aquellos que les encadenan, tanto a ellos como al resto. Ni siquiera son conscientes.

No hay razón para hacer mucho drama de ello, al fin y al cabo la vida no tiene mayor interés rodeado de veneno. Y ni siquiera es la primera vez que lo intentan, ya en 2008 desaparecieron unos análisis de un centro médico privado tras un episodio… digamos, peculiar. Fue por esas fechas cuando empecé a prestar atención a determinados asuntos que hasta entonces había ignorado. Lo que llaman “conspiraciones”, en resumen. Y dirán que todo esto es la película de un esquizofrénico, sin duda. Pero la mala película es la realidad en que cree vivir la mayoría. Podría llevar por título: Inopia. Y aún se repite a veces el sabor, tras más de un mes. El de su ponzoña sin duda nos rodea toda la vida.

Golpean sin ser golpeados, se cuidan mucho de ofrecer un blanco donde devolver los golpes. Aunque lo cierto es que están bien identificados, con nombres y apellidos. No hay que engañar a nadie, si consideras que hay cosas aún interesantes que hacer en la vida dedícate a otros asuntos, porque estos suelen llevar al final del camino. No son palabras para tomar a la ligera.

***

Todos los jefes tienen un jefe, excepto el último. Puede que esas 13 familias sean el final del camino, o puede que no. “How long shall they kill our prophets while we stand aside and look, some say it’s just a part of it, we’ve got to fulfill the book”.

https://www.youtube.com/watch?v=yv5xonFSC4c

La estrofa anterior es de Redemption songs, de Bob Marley. Si uno presta realmente atención no es difícil comprender qué pasa. Yo no me perdería un detalle del video, claro que, como ya he avisado, las apuestas en esta mesa son altas. Algo que sin duda Marley averiguó. Y muchos otros, más conocidos y menos. La lista es seguramente interminable y qué duda cabe que, siendo como son las cosas, el mayor honor es poder inscribir tu nombre en ella.

Quién sabe, quizás el día que muera el último profeta los arsenales nucleares del mundo se activen automáticamente en su trayectorias predefinidas y esta vez sea por fuego en lugar de por agua. Y la canción sigue:

Emancipate yourselves from mental slavery, no one but ourselves can free our minds, have no fear from atomic energy ‘cause none of them can stop the time”

Supongo que al final todos tenemos un talón de Aquiles.

domingo, 27 de abril de 2025

Poseso

 -Padre, creo que estoy poseso.

-Querrá usted decir poseído.

-Pos eso.

 

 

lunes, 10 de marzo de 2025

El anillo de compromiso

En el caso de los hombres suele ser liso, de oro, y se lleva en el dedo anular, tal vez porque sea en el que menos molesta o por ese extraño rito que impide separar los dedos con el resto cruzados, a diferencia de los otros.

Es, a la postre, una honesta declaración de intenciones repecto a la sociedad de que uno se halla comprometido con otra persona y expresa la voluntad de hacer público y mantener ese compromiso.

Cierto tipo de transparencia llevada al terreno sentimental, aunque a buen seguro los habrá que prefieran vivir siempre en carnavales.

El tradicional anillo iría justo en la dirección opuesta a estos últimos, en teoría es una señal de advertencia ante cualquier posible flirteo. Eso en el caso de los hombres. Y en el caso de las mujeres, bueno, ellas suelen llevar muchos anillos.


domingo, 9 de marzo de 2025

Tilt!

En las antiguas mesas de pinball, aquellos armatostes que eran todo bombillitas, gomas y muelles, solía haber en algún lugar un letrero con la palabra "tilt" (inclinación, vendría a ser).

Sucedía que, si el jugador trataba de interactuar con la física del juego más allá de los controles destinados a ello (sendos botones de arcade por lo general en los laterales de la máquina), las letras "tilt" se iluminaban. Tal vez intermitentemente, con un sonido de advertencia.

En los modelos más modernos sonaba incluso una voz sintetizada: tilt, tilt... Y, si el jugador persistía en su conducta, los mandos terminaban por bloquearse. Con el inevitable desenlace en el que la hermosa bola de acero terminaba por escurrirse entre las pinzas ya inertes y las luces se apagaban: game over.

Lo cuento porque quizás algunos jóvenes no saben ya estas cosas.


 

 

 

lunes, 3 de febrero de 2025

Deconstruyendo Pulp Fiction

 

Marsellus es un hombre de negocios, de todo tipo, sobre todo ilegales que son los que dan más dinero. Todo el mundo que debe conocerlo en LA lo conoce.

El hecho de haber amasado una enorme fortuna no ha cambiado su forma de trabajar, sólo ha elevado de forma significativa la calidad de sus gustos. Y el interés por negocios especiales.

Y actualmente su interés está centrado en un objeto único, se diría que mitológico, que puede proveer de inmensa fortuna a su poseedor.

Es Antwan quien le habla de él, a la postre es una leyenda hawaiana, pero Antwan asegura que es real. Y no sólo eso, si no que tiene una pista sobre su paradero en Europa.

Marsellus envía a Vicent Vega a localizar dicho objeto y tras más de tres años logra hacerse con él en París a pesar de las renuencias de su poseedor, que no deseaba venderlo.

Hay unas reglas y la película explica lo que sucede cuando se quebrantan: la realidad se puede convertir de un momento a otro en una película de terror de serie Z, en un tebeo barato, una “pulp fiction”. Y es que, si juegas con algunos diablos, es posible que todo empiece a ir realmente mal. El problema es que nadie sabe cuáles son exactamente esas reglas y el hecho es que el objeto parece procurar fortuna e infortunio de forma desproporcionada a aquellos que lo rodean.

Pasó por muchas manos, algunas anónimas, otras muy relevantes. R L Stevenson, que lo poseyó durante algún tiempo, escribió sobre él. Antes de eso era una leyenda hawaiana de la que Antwan tuvo conocimiento de primera mano en su viaje hacia el continente, también del rastro europeo que seguiría Vincent.

El viaje a los EEUU no estuvo exento de incidentes, incluyendo un episodio surrealista en una conocida cadena de hamburgueserías en la que Antwan tuvo que desprenderse del objeto.

Antwan fue a recoger a Vincent al aeropuerto haciéndose cargo de la custodia de la maleta que lo portaba y de vuelta a entregárselo a Marcellus se detuvo en su hamburguesería favorita, Antwan tiene un problema con su peso, en palabras de Jules.

Pero no es su único problema: deudas de juego y otros asuntos pendientes que aparecen en el momento más inoportuno cruzando la puerta de una hamburguesería.

El trato entre Antwan y Brett, con el primero oculto bajo la mesa del establecimiento que ocupaba el segundo junto algunos amigos, era que debían entregar la maleta a las 7:30 del día siguiente en el club de Marcellus, a tenor del fajo de billetes que cogió sin demasiadas dudas:

-¿Sólo tengo que hacer eso? ¿sólo eso?

Antwan no quería arriesgarse a que sus cuentas pendientes se vieran saldadas in situ con el contenido de una maleta que custodiaba pero no le pertenecía. Las explicaciones que ofreció a Marsellus tras conseguir escabullirse de la pandilla que entró por la puerta de la hamburguesería Big Kahuna le convencieron tanto como para hacerlo arroja por el balcón.

Cuando llegó a su casa dos hombres le estaban esperando, uno de ellos le ofreció un teléfono móvil con Marsellus al otro lado: -¿Que se lo has dado al primero que pasaba? ? ¿En una hamburguesería? ... ¿Y crees que la van a traer? No sabes como me tranquiliza que sepas donde encontrarlo. Devuelve el teléfono, ya he oído bastante.

Y al tipo en el traje negro con un 45 en una mano y el teléfono en la otra, junto al oído:

-Hazme un favor, tira a ese gordo por la ventana, si el mundo está lleno de ángeles tal vez le salgan alas. -Entendido.

Justo después de colgar llama a Winston Wolf, no es barato, pero ni siquiera está en el país hasta el día siguiente: -...no deberías confiar esos trabajos a aficionados. -Se trataba de recoger una puta maleta, nada más.

Llama a Jules, su hombre en la zona, tiene una dirección y un encargo para él. Si a las 7:30 no ha recibido una llamada suya, deberá recuperar un maletín con un objeto muy especial en la dirección que le facilita. Deberá reunirse con Vincent lo antes posible, él podrá confirmar que es lo que buscan.

Es posible que Jules esté algo más chiflado que otros de la hermandad pero suele cumplir bien con los encargos. Cuelga el teléfono y mira un reloj de la pared contando las horas que quedan hasta las 7:30. Maldito Antwan. Le gustaría haber estado allí para verlo volar los cuatro pisos desde su apartamento. Se recuesta contra la pared, abatido por el contratiempo sin saber si podrá resolverse después de tanto trabajo invertido y teniéndolo ya tan cerca. Estira con tanta fuerza la toalla que le cuelga del cuello sobre el albornoz que se hace una molesta quemadura en la nuca, será una larga espera y tiene otros negocios que atender.

***

Recuperan la maleta y con ella la mala suerte del poseedor del objeto, la misma que hace que los disparos del colega de Brett atraviesen su blanco sin rozarlo.

La misma que hace que se dispare el arma de Vincent en el automóvil.

La misma que hace que se produzca un atraco en el lugar en el que Jules y Vincent se detienen a desayunar.

La misma que hace que el encuentro entre Vincent y Butch en el club se salde con la llave del segundo arañando la carrocería del Malibú rojo del primero, convenciendo definitivamente a Butch de que tiene otra opción distinta a lo acordado con Marsellus.

La misma que lleva a Butch de vuelta a su apartamento en el momento más inoportuno para Vincent.

Y la misma mala suerte que hace que Marsellus, ya con el objeto bajo su custodia, no sólo sea atropellado por Butch si no que termine en el sótano de una tienda con aficiones algo peculiares y que él sea elegido en primer lugar y no Butch.

*****

jueves, 23 de enero de 2025

Pero es Vivaldi

 

Se me ocurrió cometer lo que supongo que para algunos es un sacrilegio. Uno más.

Añadí una guitarra eléctrica al primer movimiento de El invierno de Vivaldi interpretado por una orquesta sinfónica, y naturalmente serían de esperar ácidas críticas.

“Suena desafinado”, podrían decir. Y yo diría: Ya, pero es Vivaldi.

 https://youtu.be/W2jc0InD4mE?si=6mdh18X8OgRfHvyW&t=1079

 

miércoles, 22 de enero de 2025

La granada

Se oye un ruido, como un explosión a poca distancia, inesperadamente fuerte. Al poco un tipo entra la sucursal bancaria dando un portazo con un brazo en alto, gritando. Eran los 80, cuando aún había dinero en los bancos y el papel tenía sentido.

-¡Tengo una granada! ¡O me dais la pasta o reventamos todos! ¡Reventamos todos!

Algunas miradas atónitas y unos pocos gritos entre los empleados y algunos pocos clientes del banco, aún estupefactos por la explosión que todos han oído.

El individuo, con cara de loco, despeinado y sin afeitar tiene todo el aspecto de un cliente descontento o tal vez algún exempleado que lleva varios meses en su apartamento desayunando bourbon en calzoncillos.

Nadie reacciona, todos se quedan paralizados. En dos zancadas se acerca al mostrado:

-A ver tú, el dinero. ¡El dinero!

La mujer mueve un poco los brazos a este lado y aquel sin saber en realidad que hacer con ellos, mira hacia atrás a un hombre que ha salido con la explosión de su despacho al fondo.

-¿No me oyes? ¡Que me des el dinero!

Sigue con el brazo en alto con la granada en la mano, tira de la anilla y se oye caer al suelo.

El hombre al fondo ni asiente ni niega, no dice palabra, y dicen que el que calla otorga.

La mujer empieza a juntar algunos fajos de diferentes colores y con manos temblorosas los pone más o menos amontonados sobre el mostrador.

-¿Eso? ¿Dónde está el resto? ¡Pon ahí todo el puto dinero!

La mujer vuelve a mirar hacia atrás al hombre del fondo que pide tranquilidad.

La cajera busca otros fajos bajo el mostrador y completa una pequeña montaña de billetes desordenador que amontonan sobre el mostrador y habría que coger con dos manos.

-¡Ah! Eso es… Un bolsa.

-¿Qué?

-¡Una puta bolsa, una bolsa! Ponlo en una bolsa.

Mira hacia los lados titubeando y tartamudea:

-No tenemos…

-¡Me cago en dios!

El individuo da unas pocas zancadas y accede por un lateral al mostrador pasando por delante del hombre del fondo que mantiene las manos levantadas sin que nadie se lo haya pedido. Se oye algún pequeño grito de nerviosismo.

Entra en el pequeño recinto, mira a su alrededor, a un lado y a otro, agarra una papelera con la mano libre, aún sosteniendo la granada presionando la palanca para que no estalle, y la vacía en mitad del suelo. En el mismo movimiento la deja caer sosteniendo la bolsa que contenía papeles rotos y algunos envases y se la ofrece a la cajera. Ésta va introduciendo los billetes, sólo se oye el ruido de la bolsa de plástico y finalmente se la extiende al hombre, que se gira alterado a un lado y a otro:

-Gracias. ¡Que tengan todos un buen día!

Un hombre sale de la sucursal con un bolsa en la mano. Se pone unas gafas de sol. Mira a hacia un lado y el otro. Saca un cigarro de un paquete en el bolsillo interior de la cazadora. Eleva una granada, pulsa un botón y aparece una generosa llama. Lo enciende y echa a andar con la bolsa en la mano. Aquellos fueron buenos años.


sábado, 26 de octubre de 2024

PULP FICTION III

1. Noticias frescas

-Lo quiero en letras enormes. Más grande.

-Entonces se va a dos líneas.

-Pues en dos líneas. Que se vea “caníbal” desde tres metros.

-Vaya racha llevamos, la semana pasada el tipo del sótano de la tienda, ahora esto… ¿Qué le está pasando a esta ciudad?

-No creo que sea una ciudad en especial. El mundo ya hace mucho tiempo que se fue a la mierda, ya sólo queda esperar el impacto.

-Oh, señor, llévame pronto. ¿Qué tal así?

-Perfecto, envíalo.

La cámara hace zoom en el diseño de la portada de un periódico sensacionalista: “Supermercado caníbal en LA”, van sonando gaviotas de fondo. La mano de una mujer lo coge, ya como periódico, dejando ver otro ejemplar igual debajo, de una pila en un kiosko, lo paga y se lo coloca bajo el brazo mientras se dirige a su coche, suenan la noticias en la radio:

“...según se ha podido saber la policía estaría investigando una posible red criminal dedicada al tráfico de personas, tráfico de órganos y de... carne humana para su consumo… alimentario. ¿Qué opinas de eso, BJ, te animas con unas costillas para desayunar? -No, creo que no, Bob, creo que seguiré con huevos y bacon. De hecho es lo más sórdido que he escuchado, por los menos desde hace tres días, con el tipo en cuero negro viviendo en un baúl, no me lo puedo quitar de la cabeza, he tenido pesadillas con eso Bob. -Bueno, BJ creo que ya tienes con qué acompañarlas. Por nuestra parte de momento les dejamos con la previsión meteorológica…”


El coche da un par de giros y en seguida se detiene. Wendy baja con el periódico y las llaves de la oficina en la mano, al abrir la puerta sonríe ante lo surrealista de la escena. Una enorme gaviota está de pie, de perfil sobre la mesa de Big Joe. Hay corriente, la ventana está abierta.


-¿Buenos días? ¿Joe?


Avanza un par de pasos, la mesa aparece algo revuelta, da otros más y ve que otro par de gaviotas revolotean por el suelo de la oficina… sobre el cadáver de Big Joe, picoteado en las mejillas por los animales y con un profundo corte negro que le rodea todo el cuello, hay más sangre en su mano izquierda. El grito alborota a los animales, uno huye por la ventana mientras los otros dos buscan resguardo en rincones de la estancia. Retrocede algunos pasos y se detiene un momento, mira el resto de la oficina, por lo demás desierta. La cara de Wendy es más de confusión que de miedo. Se acerca de nuevo a la mesa y marca el número de la policía. Mientras hace girar la rueda del teléfono empieza a sonar K-39 de The challengers, entran los títulos de crédito.





2. La partida de Lou

-Lo veo. Veo tus diez y subo… cinco más. ¿Qué te parece?

-Hijo, me parece que si mientes siempre así de mal… debes estar soltero. Ahí van tus cinco, ¿qué tienes?

La mirada del viejo Tim te atraviesa el alma sin siquiera proponérselo.

-Pareja de sietes. ¿Me vais a dejar ganar alguna mano?

El viejo muestra la pareja de reinas que tiene en la mano y que junto a la de la mesa hace el trío:

-Seguramente sí, pero no ésta: tres reinas.

-Oh, vamos.

-Así es la vida Larry, andar antes de correr.

Lou intenta que el ambiente sea agradable, los tipos que se dejan el dinero en el tapete siempre son bienvenidos.

-¿Sabes quién corría de verdad? El tipo que intentó atracar la licorería de la esquina hace unos días, la de los chinos. Salió la hija con una escopeta tras ellos, nunca había visto correr tanto a nadie, tal vez batiera algún récord olímpico o algo.

Winston reparte mientras ánima un poco la conversación.

-En mis tiempos… no hubiera llegado ni a la mitad de la calle. Eso si con suerte hubiera salido del local. Había un tipo en Santa Fe que no abría la caja sin tener una mano en el rifle bajo el mostrador. Ahora estaría enterrado en el patio trasero…

-¿Era una licorería?

-Licorería, comestibles… ¿Qué mas da?

-Bueno, si hubieran servido comidas… el invitado siempre hubiera podido acompañar la salsa, ¿no Lou?- Arch le añade más sorna al tema.

-Ah, sí, como en aquella película… ¿como se llamaba? ¿Tomates…?

-Tomates verdes fritos- confirma Winston.

-Sí, el secreto está en la salsa- Tim recuerda la película.

-Ya veo que conocéis todos mis trucos, me temo que ya sólo puedo sorprenderos con las cartas. ¿Quién habla?

Lou regenta un pequeño restaurante italiano en Santa Ana y el primer y tercer jueves de cada mes, después de cenar, unos cuantos se reúnen en la sala de atrás, las apuestas son altas y se accede por invitación, hay pocas sillas y suelen ir viejos conocidos. Siempre está llena, se come bien y hay buen ambiente. A veces hasta aparece algún actor famoso.

 

3. Altos y bajos

Cuando el maletero se abre, con la cámara enfocando desde dentro, la cara de Lou tiene un corte en la ceja y es mucho menos amable:

-Vamos, levanta, ¡Levanta!

Lou apunta al interior del maletero con una vieja 45:

-Vamos, no voy a poner todo perdido de sangre, sal.

Bill lleva un par de horas encajonado en el maletero, tiene todas las articulaciones entumecidas además de algunos golpes serios y el labio cortado. No hay manera elegante de salir de un maletero, y menos en esas condiciones. Tropieza y cae al salir, un pie se le queda enganchado, hace ademán de levantarse… :

-No, mejor quédate ahí.

Lou sigue apuntándole y si no ha disparado aún es porque quiere algo más de información:

-¿Fue Big Joe? Vamos, ¿quién te contrató? ¿Fue Big Joe?

-Big Joe… Big Joe está muerto, amigo.

-Vaya, ¿lo has oído? Bien, bien, pues eso que nos ahorramos.

El italiano enorme que acompaña a Lou le sigue también en las risas.

***

-¿Bill, Bill Evans? Soy Wendy, de la oficina de Joe, del puerto. No, la verdad es que no.

Wendy ha colgado antes de terminar el número de la policía y ha prefiero llamar antes a algunos viejos conocidos, no ha localizado a Raoul.

-Acabo de llegar a la oficina y he encontrado a Joe… muerto. Sí, sí seguro. No, iba a hacerlo pero no sé si… Sí, bueno, me ha parecido lo correcto.

Justo ayer por la tarde...vinieron a verle un par de hombres, con acento británico. Bueno, al menos el que habló, sólo les vi un momento. Negocios, me hizo marcharme en cuanto llegaron. No sé, no les había visto antes, no parecían de por aquí. No quiero meterme en líos. Sí, de acuerdo, gracias, me quedo más tranquila, llamo ahora mismo.

 

4. Malas decisiones

La cara de Miguel, en primer plano, está empapada en sudor y completamente pálida mientras escucha:

-...sólo para que quede clara la situación, si aún no estás muerto es porque quiero recuperar lo que me debes, ¿lo entiendes? Hasta que saldes tu deuda harás lo que yo te diga, ahora trabajas para mí, tu culo me pertenece. Hasta que pagues o mueras, y la verdad es que empieza a darme igual:

Primero pierdes la mercancía, luego te endeudas con esos negratas que te van a romper el culo y para rematarlo lo pierdes apostando. Joder Miguel, lo único que no está claro aquí es de quién va a ser la bala que te va a desparramar lo sesos. ¿Y sabes qué? ¡Hará del mundo un lugar mejor, gilipollas!

Big Joe se muerde los puños para no dar rienda suelta a lo que le pide el cuerpo y buscando la manera de no ser la parte perjudicada en todo el desastre, aún así le cuesta contenerse, hace el gesto de levantar la mano de nuevo:

-No le des más, el chico ya lo ha entendido.

Raoul trata de quitarle hierro, bajo su punto de vista sería más sensato asumir pérdidas.

La cara de Miguel es una sábana:

-Puedo arreglarlo, lo arreglaré.

-Oh sí, por su puesto que lo vas a arreglar. Ya te arreglarás tú con los de Compton, pero lo mío va primero. Y te voy a decir exactamente lo que vas a hacer.

Hay un restaurante en Santa Ana. El jueves se juega una partida en la trastienda.

-¿Los italianos?

-Vaya, parece que sí te enteras de algo.

-Joder, no, soy hombre muerto.

-Miguel: tú ya estás muerto. Si dios todopoderoso bajara ante mis putos ojos e hiciera un milagro para salvarte la vida… aún te matarían dos o tres veces más.

Raoul interviene centrando un poco el juicio de Big Joe:

-Si sale bien tal vez puedas desaparecer… con algo de dinero en el bolsillo.

-No sin antes devolverme hasta el último puto centavo.

Anota un teléfono y una dirección de forma apresurada en una pequeña libreta sobre la mesa de su despacho, arranca la hoja y se la tiende a Miguel:

-Di que llamas de mi parte, estará avisado. Busca a tu primo o tu hermano o tu novio, ese que te acompaña en todas tus putas ruinas. Cuando hayáis terminado, limpio, te sacarán de allí. Sin muertos, sin disparos, entras, coges el dinero y te vas, ¿estamos?

Y cruza los dedos por que cubra tu deuda o vas a limpiar todas las licorerías de aquí a Santa Ana hasta que arregles tu puta cagada. El jueves. Ahí tienes la dirección.

Miguel hace el gesto de levantarse con la “receta” que le ha entregado Big Joe para solucionar sus problemas: -Y una cosa más, Miguel: ni se te ocurra jugármela o te encontraré y aplastaré como a una cucaracha. Y ahora largo de aquí.

En cuanto Miguel sale por la puerta Raoul se muestra mucho menos relajado:

-Joder, Joe, ¿la partida de Lou? ¿Es que te has vuelto loco? Creo que es la peor idea que has tenido nunca. Yo no he estado aquí. Joder, ojalá no hubiera estado aquí. De quién es el número, ¿de Bill?

-Te preocupas demasiado, seguramente le metan tres balas en el pecho a cada uno nada más cruzar la puerta. Y muerto no podrá hablar mucho, no podrán relacionarnos. Además, es cosa de Miguel, no nuestra.

-Relacionarte, Joe, relacionarte. Yo no he estado aquí.

Raoul sale de la oficina en busca de un poco de aire y deja a Big Joe sumido en sus cavilaciones.


5. Un largo vuelo

Dos hombres bien trajeados avanzan por la pista de aterrizaje hacia un jet privado al anochecer. Cada uno lleva una bolsa de deporte mediana y el más joven lleva también una maleta.

Ya en el interior la azafata sirve un vaso de whisky al mayor: -Gracias.

El mayor se dirige a su acompañante: -Intenta descansar, va a ser un largo vuelo.

-No estoy cansado.

-No, ¿eh? Pues ya es más de lo que puedo decir yo. Cansado, en realidad de todo.

Saborea un poco el whisky, mira por la ventanilla:

-De ver como los hombres persiguen sus intereses personales olvidando sus compromisos. Nunca acaba bien.

-Como Marsellus.

-Encontró su destino por otras razones, quizás. Pero no es el tipo de pecados que puedan encontrar perdón en la casa de la luz. En realidad el precio de la traición es el mismo en todas partes.

En la ciudad, iluminada, era ya de noche, pero desde el aire aún se veían algunos resquicios del atardecer que recortaban nubes para las que ya había oscurecido. Llevaban algunos minutos de vuelo viajando contra la persistente puesta de sol, una pequeña bandada de aves apareció distante a través de la ventanilla.

Apuró su whisky y miró el movimiento de lo pájaros, pensativo, revelados por los últimos estertores de la luz día.

-Algo no va bien.

Algo extraño vio en el movimiento de la bandada, cada vez más próxima al fuselaje del avión.

-¿Cómo, qué es lo que…?

El hombre joven se levantó de su asiento para identificar el problema, que en realidad era más bien una corazonada.

En seguida, el sonido de los animales impactando contra el fuselaje, mucho más fuerte de lo que cabría esperar. Y acto seguido el característico ruido de un reactor funcionando de forma intermitente hasta explotar en llamas. Poco después el otro.

La azafata, sin poder disimular la expresión de terror en los ojos, asoma la cabeza hacia la zona VIP y solicita que se abrochen los cinturones para justo después tomar asiento y cumplir con sus propias indicaciones.

El joven, aún incorporado hace el gesto de retirarse hacia su asiento para cumplir la orden cuando el mayor le sostiene con firmeza por la muñeca: -Protégelo con tu vida. Si se complica, en la basílica de St Louis estará seguro.

No suelta el brazo hasta que el joven asiente con los ojos clavados en los suyos. En seguida se abrochan los cinturones y ven la mitad de una de las alas desprenderse violentamente con un crujido seco contra el sentido de la marcha a la vez que crece una bola de fuego: ¡En St Louis, habla con el padre Nathan!

El hombre joven aún tiene tiempo de coger la bufanda oscura del mayor, pasar una soga bajo el mango del maletín y los dos extremos por el interior de ésta, enrollando el sobrante en la mano y el brazo apretando con fuerza, mientras pierden altura, preparándose para el impacto.

El vaso, ya vacío de whisky, rueda y cae contra el suelo partiéndose en pedazos mientras crece el zumbido del aeroplano en su descenso y empieza a sonar The house of the rising sun intepretada por The ventures.

 

 

6. El conductor

A Lou le ha durado poco el buen humor por la muerte de Big Joe, Bill está de rodillas, al lado del agujero en el desierto que será su tumba:

-¿Te lo ordenó Big Joe? ¡Responde!

La culata del 45 de Lou se estrella contra la frente de Bill.

-Yo… sólo soy el conductor.

Lou amartilla el arma y un zumbido que parece venir de todas partes empieza a crecer.

-¿Qué es eso?

-¿De dónde…?

Se giran y ven un jet en llamas que pierde altura y toma tierra tras la pequeña colina con estruendo.

-¡Hostia puta!

-Lou, esto se va a llenar de polis en minutos. ¿Qué hacemos?

-No sé, ¡déjame pensar!

Lou da pasos en una y otra dirección con el arma amartillada. Empieza a sonar Hit theroad Jack de Ray Charles.

Bill aprovecha la confusión para dar un par de zancadas y dejarse caer rodando por un pequeño terraplén, en cuanto se quieren dar cuenta ya está a 10, 20, metros.

-¡Joder!

-¡Hijo de puta, se escapa…!

-¡Mierda, lo estoy viendo!

Lou dispara un par de veces, con más rabia que puntería, sin tener del todo claro si le interesa acertar.

-El muy cabrón…

-Déjalo, ya le cogeremos. Vámonos.


7. Santa Ana

-¡Qué hijos de puta! Se presentan en la partida de Lou con una UZI y limpian la mesa, la caja, los bolsillos, todo. Para una puta vez que iba ganando. La verdad es que prefiero no hablar de ello.

-Bueno, lo importante es como termina.

-Ya, pues díselo a esos payasos. No les doy ni dos semanas. Voy a mear, ponme otra Mike.

Al poco entra Raoul por la puerta devolviendo a la escena de la entrega anterior:

-Qué hay, Mike. Lo de siempre.

Suena de fondo It’s all over now baby blue de Marianne Faithfull, en el escenario anta una rubia con un vestido azul.

***

Rubén y Miguel están en el asiento de atrás preparando los últimos detalles del plan maestro de Big Joe. Bill, al volante, ve como el polvo blanco se desparrama por la tapicería. El trabajo, si ya pintaba mal, tiene cada vez peor aspecto.

-Síii, ahora sí. ¿Vamos?

-¿No os vais… a tapar la cara con algo?

-¿Qué? ¿Para qué?

-Bueno, no sé, ¿para que no os puedan reconocer?

-¡Bah! Será tan rápido que ni nos verán, ¡entrar y salir!

-Eso, ¡entrar y salir!

Bill los ve tan entusiasmados que es incapaz de poner un pero:

-Ok, cuanto más rápido mejor. Acabemos con esto.

Empieza a sonar Soul sacrifice de Santana.

-¡Vamos, vamos!

-Venga, ¡vamos!

Miguel lleva una UZI y Rubén un pequeño revolver del 32. Cuando ya han doblado la esquina Bill baja del coche sacudiendo la cabeza a cerrar una puerta que han dejado medio abierta. Parece imposible que pueda salir bien.

Ya es tarde y sólo quedan ocupadas un par de mesas, después de algunas pequeñas complicaciones con la puerta entran en tromba al local:

-¡Quietos, todos quietos!

-¡Las manos arriba! ¡Arriba! ¡Y contra la pared!

-¡Voy para adentro, Rubén, tú con ellos!

Un italiano enorme está detrás de la barra con las manos levantadas esperando un descuido para meter la mano bajo el mostrador. Miguel se lanza por un corto pasillo poco iluminado que da acceso a los servicios y tras una puerta cerrada a la trastienda. Lou ha escuchado movimientos extraños en el local y se levanta para comprobar que todo marche bien.


Miguel abre de golpe la puerta que le golpea en la cabeza y lo hace retroceder:

-¡Atrás! ¡Todos quietos!¡Quietos! Las manos, quiero ver vuestras manos… eso es…

-Lou, ¿qué cojones es esto?

Tim se está poniendo de muy mal humor. Arch se lo toma con más flema:

-Pues… parece una atraco.

Lou se excusa elevando las manos:

-No tengo ni la menor idea de qué va esta historia.

Winston intenta aclarar la situación:

-Eh, muchacho, ¿sabes de quién es esto?

-A callar, cerrad las putas bocas y poner toda la pasta en la mesa, toda junta. ¡Las carteras también!

-Oh, joder.

Larry protesta pero va cumpliendo sin mucha prisa con la petición. Winston sacude la cabeza mientras acata la orden y sonríe: -Oh, amigo, estás de mierda hasta el cuello…

Lou pone las cosas en su sitio además de la cartea encima de la mesa:

-Cógelo, pero no vivirás para gastarlo.

-¡Eh! Despacio con las manos, eso es, eso es…

Miguel apunta alternativamente a cada uno de ellos agarrando la UZI con las dos manos y aún así no deja de temblar.

-Joder, miradlo, pero si está cagado.

Tim no está muy a gusto con la idea de dejar que un gilipollas se lleve su dinero.

Lou levanta el dedo de una de las manos que tiene en alto admitiendo:

-Nunca apuestes contra un temblor.

-¡Cállate, joder! Y ahora…

La carteras y una pequeña montaña de billetes están en el centro de la mesa.

Arch ve en seguida el problema de Miguel:

-¿No has traído una bolsa?

-Aquí hay una.

Todas las miradas se clavan en Larry que responde con un: -¿Qué?

-Eso, ponlo, ponlo ahí, muy bien…

-Eso Larry, y ponle también un lacito.

Es posible que Lou quiera perder a Larry de vista por un tiempo.

-Bien, ok… caballeros, un placer, ¡buenas noches!

-¿Buenas noches? Será hijo de puta…

Lou piensa en quien puede ser tan imbécil para hacer lo que Miguel acaba de hacer.

-¡Ves pensando un epitafio, hijoputa!

Miguel escucha las palabras de Winston ya en el pasillo.

Arch asume rápido la situación:

-Lou, espero que no quieras cobrarnos la cena…

Todos se descojonan.


-Bueno, ¿dónde estábamos… antes de la interrupción?

Tim prefiere actuar como si no hubiera pasado absolutamente nada.

A Lou le parece buena idea:

-Creo que tengo unas fichas por alguna parte...

-No sé, creo que hablaba Arch… pero joder, ¿os podéis creer lo que acaba de pasar? Esta ciudad se va a la mierda…

-Quizás sea un cliente descontento, Lou.

-Disculpad, no sé que cojones… me enteraré, me enteraré de quién es el tipo… y él se enterará de quién soy yo, no os quepa duda.

Empieza a sonar Satisfaction Guaranteed de The morning reign. Y con esas palabras se dirige al salón para ver qué ha sucedido mientras el resto sigue:

-Hijo de puta, ¿Cuánto se puede haber llevado?- plantea Tim. Winston lo tiene más claro:

-Más de lo que podrá gastar, seguro.


8. Locuras

Suena Slinky de LinkWray. La cámara se pasea por los restos de un avión en llamas con el fuselaje casi partido en dos y con el morro empotrado en una formación rocosa. El piloto, muerto. El copiloto, muerto. La azafata, ¿dónde está la azafata? Bill recorre los restos del avión que, estrellándose, acaba de salvarle la vida. Ni rastro de pasajeros, apenas del mobiliario. Levanta la cabeza y mira a su alrededor, localiza uno de los asientos.

Poco más allá, un hombre trajeado, tirado bocabajo, que parece inconsciente, con una maleta aferrada a la mano. Suena State of mind de Move. Bill observa la escena, sus ojos se clavan en la maleta. Exactamente igual a la que tuvo hace unos días en las manos y que le costó un tiro, algunas puñaladas y diversas magulladuras. Que a su vez hizo que Lou y su matón lo metieran en un maletero.

La mira unos momentos. La separa un poco, los dedos que sostienen el mango ceden y una bufanda fina y oscura se desliza por el brazo inerte, la aparta un poco e introduce la combinación que conoce.

Pone los pulgares sobre los cierres, los presiona un poco para elevarlos...y los resortes ceden con un ¡clac!

Empieza a sonar I never loved her de The starfires.

Ha de ser la misma puta maleta. Empieza a levantar la tapa pensando como podría ser siquiera posible, recuerda las palabras de Wendy sobre la última visita que recibió Big joe, vuelve a mirar el traje del cuerpo tumbado sobre el suelo a su lado.

Una luz empieza a asomar por la rendija de la maleta al abrirse hasta que finalmente ilumina la cara de Bill con expresión contrariada. La cierra y rueda hacia un lado, sentado sobre el suelo, con los codos sobre las rodillas y baja la cabeza: ¿cómo cojones puede ser?

***

Suena Rebel rouser interpretada por Duane Eddy. El desierto de Mojave en un plano general. A lo lejos en el horizonte se ve como el calor acumulado en el suelo juega a retorcer la luz. Entre el flujo de ondulaciones va apareciendo un rostro desencajado, corriendo bajo el sol. El elegante traje se ha convertido en un camisa medio desgarrada y pantalones rotos por varios sitios.

A medida que se va dibujando la figura de un hombre mayor sobre el horizonte también lo hacen las de sus perseguidores. Un par de caballos y todoterrenos. Disparan por diversión.

***

-¿Raoul? ¡Joder! ¿Dónde te metes?

-Eh, eh, ¿qué entiendes tú por retirarse? ¡No debería estar cogiendo ni el puto teléfono!

-Qué te dijo Antwan.

-¿Que qué me dijo…? Oye, para, ¿de qué va esto? ¿A qué viene eso ahora?

Raoul está en el bar de una piscina en un resort en Florida, con una camisa hawaiana hortera dentro de la liga de camisas hawaianas horteras, gafas de sol y sombrero de paja, sosteniendo un cóctel con una sombrillita.


-¡Es importante, joder! Qué te dijo exactamente.

-Mira Bill, hay mierdas de las que es mejor alejarse. Cuanto antes.

Da un sorbo largo, la risa de Bill al otro lado suena indescifrable.

-Alejarse, claro. ¡Siempre que eso sea posible!

Empieza a sonar de fondo I try! de The young tyrants.


-¿Qué quieres decir? Aún no sé a que viene todo esto.

-Mira, no tengo tiempo de explicártelo todo. La cuestión es que vuelvo a tener esa puta maleta delante de mí.

-¿Qué?

-Mira, aquí está pasando algo raro de cojones. Por eso necesito que me digas…

-Sí, sí, Antwan

-Eso es.

-Dijo que… oye, tampoco pondría la mano en el fuego por Antwan, ¿sabes?

-¿Qué cojones dijo?

-Diablos, vudús y mierdas raras. ¿Quieres mi consejo? Coge el dinero y corre.


Empieza a sonar Vodoo child de The Jimi hndrix experience.

-¿Qué puto dinero?

-Joder Bill, es una forma de hablar, yo de ti me alejaría de esa mierda. Hay gente muy colgada.

-¿No has oído lo que te estoy diciendo? Ella ha venido a mí.

-¿Qué? Oye, ¿estás oyendo cómo suena eso? Empiezas a hablar como Antwan. ¿Sabes qué? Casi mejor te doy su número. Pero a mí no me mezcléis en esas mierdas.

***

Algunos golpes de tos hacen moverse el cuerpo en el suelo junto a Bill que se ve obligado a improvisar:

-Amigo, ¡amigo! ¿Se encuentra bien? Es un milagro que haya sobrevivido.

-¿D...dónde...?

-El avión, se ha estrellado. Ha tenido un accidente de avión. Yo me salí de la carretera al verlo con mi camioneta… y bueno, a pesar de todo he podido acercarme hasta aquí, dentro de poco llegará algo de ayuda.

-¿...dónde… dónde está la maleta?

-Ah, su maleta. Ahí, ahí la tiene. Parece que ahí está.

Mira con cierta desconfianza a su supuesto salvador aunque las diversas heridas que presenta parecen encajar con sus palabras.

-¿Y el resto?

-Muertos, los pilotos están ,muertos. No había nadie más.


Jeremy se incorpora empezando a tomar conciencia de la situación:

-¿Dónde estamos?

-En el desierto de Mojave. Entre Los Angeles y Las Vegas, como a unos 100 km de la civilización en cualquier dirección. Hacia allí 200. Puede que la ayuda tarde un poco en llegar.


-Necesito llegar a St Louis.

-¿St Louis, Missouri? Amigo, estamos en la frontera con Nevada, eso está a más de 2000 km.

-¿Seguro que no había nadie más?

Otea los alrededores:

-Viajaba con un hombre, también había una azafata.

-No sé, quizás salieran despedidos en algún momento de la colisión. Es difícil pensar que puedan haber sobrevivido a un impacto así, es usted afortunado.

-Ya bueno, yo no tengo esa impresión.

El acento de Jeremy era claramente británico.


-Oiga, la camioneta que mencionó…

Bill sacude la cabeza en forma de negativa.

-Me temo que está algo más que averiada, por eso me he acercado a esperar que llegue algo de ayuda, es lo mejor que podemos hacer.

-Ya, y usted vino ¿de? ¿qué dirección?

Bill señala con el dedo con gesto serio recordando el maletero:

-Por allí. Su amigo podría haber caído… por allí detrás.

Bill señala al este, a noventa grados de donde ha señalado antes.

-Entonces St Louis está por allí.

Jeremy señala en la dirección opuesta y Bill le mira sorprendido:

-Eh... supongo que sí, pero no creo que quiera ponerse a caminar por el desierto. Y más en su estado, no sobreviviría, tras un accidente así. Aunque lo cierto es que no conozco demasiado la zona, estaba sólo de paso. De camino a Las Vegas, ya sabe.

Jeremy se quita un poco el polvo mientras piensa que camino tomar.

-Ahora que lo pienso puede que haya una reserva india en esa dirección. Tal vez no sea tan mala idea ir a buscar ayuda.

Bill se levanta cojeando un poco mientras Jeremy lo observa:

-Sí, no he tenido suerte últimamente. Por allí debería haber una carretera, tal vez podamos parar a alguien, ¿vamos?


9. La caza

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Soñaba estar bajo el pie de un dinosaurio que cada ves le aplastaba más sobre la tierra. Abrió los ojos, a escasos centímetros del suelo, respirando el polvo del desierto bajo sol. Aún estaba atado a su asiento con varios golpes, alguna quemadura y una fractura abierta en el brazo izquierdo.

Lo que le aplastaba era el peso del asiento, que dificultaba su respiración, y un tipo que parecía enorme con la cabeza a ras de suelo le pateaba las costillas y presionaba con la suela de sus botas. Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí.

Suena Avenida de la luz de Loquillo y los trogloditas.

-Eh, amigo. ¡Amigo! ¡Despierte!… eso es… arriba… ¡Arriba!… a la camioneta.

-¿Qué?

-¡A la camioneta!

Se deshizo como pudo del cierre del cinturón de seguridad, lo que vio al elevar la cabeza fue la silueta de un tipo con un rifle apoyado en la cadera. Algo más allá una camioneta con varias personas dentro, amordazadas, ojos vendados, manos atadas a la espalda.

-¿Qué es esto?

-No me haga repetírselo: suba a la camioneta.

Se levantó para tratar de cumplir la orden pero cayó al suelo con un grito de dolor. El tobillo había recibido también un buen golpe.

-Walter, échame una mano con éste.

Otro hombre sale del asiento del conductor, lo levantan por las axilas y lo dejan caer contra el resto. Empujan las piernas y suben el cierre:

-¿Lo encintamos?

-No hace falta, éste no creo que vaya muy lejos. Además ya estamos aquí al lado y vamos tarde. Vámonos.

***

Un hombre vestido de cura, camisa negra, pantalón negro y alzacuellos está tumbado en la cama bien hecha de una parca habitación. Una silla, un escritorio, un armario y un crucifijo. Sobre la mesa hay una jarra con agua. Está ojeando una pequeña biblia mientras fuma un cigarro, utilizando el vaso de cenicero, cuando llaman a la puerta:

-¿Padre Nathan? Una llamada urgente.

Frunce un poco el ceño, deja caer el libro sobre el pecho, da una calada más al cigarro y lo deja caer en el vaso. Caminan algunos pasillos y atraviesan el claustro iluminado por las estrellas hasta unas dependencias con aspecto de oficina. Le muestran una mesa con un teléfono descolgado. Se sienta en la mesa con un pie en el suelo y recoge el auricular:

-¿Sí?

-El emisario no va a llegar. Se perdió contacto con su vuelo sobre el desierto de Mojave… hace casi media hora.

-Entiendo.

-Le pido que maneje este asunto con la mayor discreción, dada su prioridad.

-Por supuesto, le mantendré informado. Me pongo en camino.

Mira un momento su reloj y busca con la mirada al hermano que le ha dado acceso a la oficina, y que ahora le observa con una expresión anodina de funcionario:

-Voy a necesitar un coche. Uno rápido.

Al poco un mercedes negro, discreto en el exterior, sale quemando ruedas para ponerse a 300 en pocos segundos. La expresión del funcionario eclesiástico sigue igual de impertérrita mientras lo ve alejarse. Mientras arranca suena Nice day to go to the pub de Cosmic Psychos.

***

Dos hombres caminan por el desierto en la madrugada. Bill aún más renqueante que Jeremy.

-Tiene gracia, a juzgar por nuestro estado… parece que haya sido yo el que ha caído de una avión y usted sólo… ¿no está cansado? ¿Quiere que le lleve la maleta?

La mirada de Jeremy es siempre severa:

-Estoy, bien gracias.

-Disculpe que le pregunte, pero me puede la curiosidad, veo que no se separa de esa maleta ni para mear, ¿le puedo preguntar qué hay dentro?

-Nada de su incumbencia.

-Oh, vale, vale, sé captar una indirecta.

-¿Seguro que es por aquí?

-Espero que sí.


Suben a una pequeña loma y a lo lejos se ven luces en el valle de lo que debería ser la reserva india.

-¿Ve? Se lo dije, vamos por buen camino.

-Ni rastro de la carretera.

-Me debo haber desorientado, pero no tardaremos mucho más.

Bajan poco a poco por la pendiente mientras se dibujan las primeras claridades en el horizonte, suena Enough of what I need de The stoics.

***

La camioneta se reúne con otro todoterreno con remolque, las puertas se cierran con estruendo y los ocupantes bajan del vehículo:


-¡Phil! !No te vas a creer lo que uno se encuentra en el desierto!

-¿Todo en orden?

-Sí, señor. Y con sorpresa, hemos encontrado uno más.

-Y por el mismo precio. Debe de ser del avión estrellado.

Phil revisa la parte de atrás de la furgoneta, incrédulo, tras el cristal de espejo de sus gafas de aviador. La única presa con los ojos descubierto viste un chaleco oscuro con camisa blanca y se ha anudado la corbata dando varias vueltas en el antebrazo izquierdo, tras reducirse la fractura.

-No está encintado.

-No queríamos haceros esperar más…

-¿Habéis visto a otros, os ha visto alguien?

-Negativo.

-Bien. Avisa por radio, que los controles estén atentos.


Perry baja de la camioneta de Phil y se une a ellos:

-¿Va todo bien?

-Oh, por supuesto. Incluso mejor aún. En vez de cuatro serán cinco.

-Ah, fantástico. Fantástico. ¿Cuándo empezamos?

-Tenemos aquí a las presas, solemos darles un par de horas de ventaja.

-Estupendo. Se ha hecho algo tarde, ¿qué tal una hora?

-Una hora entonces, ¡Max, bájalos!


Son dos parejas jóvenes de hombre y mujer, blancos y negros.

Están en fila como en una formación militar, aún con los ojos y las bocas tapadas, manos y tobillos atados.

Phil habla mientras camina frente a ellos acompañado de Perry que los supervisa, se oyen algunos gemidos:

-Señores… y señoras, que sepan que hoy van a ser cazados. Se les dará... una hora de ventaja y un cuchillo de supervivencia a cada uno. Bien, si no hay más preguntas...

Max y Walter hacen de azafatas de este absurdo concurso y van poniendo los cuchillos en las manos a la espalda de los obligados participantes.


-Y ése debe ser el nuevo, ¿no? Lástima que sea tan viejo, no llegará muy lejos.

Perry lo examina con curiosidad.

Max pone su manos sobre el hombro del británico:

-Para ti no tengo cuchillo, eso te pasa por llegar el último.


Perry lo escucha y propone una variante:

-¿Qué tal si lo hacemos un poco más interesante?

Mete la mano dentro de la americana y saca un revolver con la culata en dirección al hombre con los ojos descubiertos mientras fija su mirada en Phil, interrogándole a modo de desafío:

-Uhhh… ya veo que quiere divertirse.

Phil coge el revolver y lo examina.

-Está bien, pero no tan interesante.

Vacía todas las balas del tambor, se queda con una que eleva mostrándosela a Perry y la vuelve a introducir. Hace girar el tambor y se lo entrega al hombre del chaleco que lo recibe con la misma mano en la que lleva la chaqueta, algo más confuso aún.


-¿Empezamos, entonces?

-Será divertido, vamos allá.

Perry saca un 45 de debajo del otro brazo, en el lado que lleva colgado el rifle.

-Walter, Max, las cintas.

Las azafatas hacen los honores, depilan unas cuantas cejas y cortan las ligaduras de los tobillos:

-Venga, a correr.

Empieza a sonar Psycho a Go-Go de The sonics.

-¡Bienvenidos al infierno!

-¡Corred! Corred, por vuestras putas vidas…

-¡Perderos, hijos de puta!

Suena algunos disparos al aire.

-¡Hacia allí, hacia allí, imbécil!

Los dirigen en el sentido deseado con algunos disparos de rifle al suelo y no tardan en dispersarse y perderse en la distancia.


-Una hora. ¿Un café, una copa?

-Por qué no. Café, gracias.

Perry parece animado y satisfecho con el servicio.


10. Dios los cría y el diablo los junta

Un hombre se detiene a repostar en una gasolinera muy tarde en la noche. Se dirige a la ventanilla a pagar.

-Bonito coche, amigo.

Gira el cuello desde la camisa negra, ya sin el alzacuellos, y mira al vehículo estacionado junto al surtidor que le ha llevado hasta allí.

-Es mejor bajo el capó.


Deja algunas chocolatinas y refrescos sobre el asiento del copiloto y después de una breve llamada retoma la marcha al son de Loving you sometimes de The outcasts mientras mastica un par de pastillas que empuja con algunos sorbos de refresco.

***

-¿Antwan? ¿Antwan Rockamora? No nos conocemos, soy un amigo de Big Joe… acompañé a Raoul el otro día cuando fue a verte...con la maleta. Sí, esa maleta.

Antwan, al otro lado de la línea, suena bastante desconfiado.

-Lo siento Bill, no creo que pueda decirte mucho más de lo que ya le dije a tu amigo.

-Antwan, le entregamos la maleta a Big Joe. Ahora está muerto. Y me he vuelto a cruzar con esa maleta en mitad del desierto. ¿Qué mierda está pasando aquí?

-¿Lees la biblia, Bill?

-¿La biblia?

-No es lo que te quiera contar, Bill, es lo que puedas comprender. No sé por qué te has vuelto a cruzar con esa maleta, las coincidencias existen... ¡dios existe…¡ Y los demonios también. Yo en tu lugar me mantendría alejado, es peligrosa.

-Eso intento, joder. Pero necesito saber qué es lo que hay dentro.

-¿Lo has visto?

-Joder, claro que lo he visto.

-Bueno, espero que te traiga más suerte que a mí. Yo de ti haría como si no y me olvidaría de todo el asunto, no tienes nada a ganar en esto.

-¡Joder, Antwan!

-Rezaré por ti, Bill.

Antwan cuelga el teléfono dejando a Bill con más preguntas que respuestas.

-¡Joder!

Bill golpea la cabina con el auricular pese a tratar de contenerse.

-¿Problemas con el seguro?

Jeremy aparece con algunos vendajes y su inseparable maleta, les han atendido de forma improvisada en la clínica de la reserva.


-Bueno, supongo que ahora entiendo por qué era tan barato. Y usted, ¿ya ha encontrado como llegar a St Louis?

-Precisamente quería hacer unas llamadas.

-Por supuesto, todo suyo.

***

-¡Qué sea la puta última vez! ¿cómo se os ocurre?

Max aguanta el chaparrón:

-No sé, Phil, parecía buena idea.

-Buena idea hubiera sido meterle una bala entre las cejas. ¿Por qué crees que los sedamos?

-Es un viejo con un brazo hecho mierda, no llegaría ni a la vuelta de la esquina.

-Ni una puta sorpresa más, ¿entendido?

-Sí, señor.

-Y lo que nos faltaba es que el gilipollas ese le diera un arma. Id con mucho cuidado.

-Vamos, Phil, lo más seguro es que la use para pegarse un tiro. Yo es lo que haría.

Max responde a la afirmación de Walter simulando el gesto con el dedo entre risas cuando Phil ya les ha dado la espalda.


-Ya veremos. En media hora nos ponemos en marcha, preparad los caballos.

El horizonte se refleja en sus gafas de sol mientras suena Cry a little longer de The grodes.


11. Jugando con fuego

Bill escucha apoyado en una esquina, con naturalidad pero oculto, mientras Jeremy pregunta en el mostrador de la clínica por la iglesia de la reserva tras terminar con la cabina.

Después sale por la puerta y Bill deja pasar algunos instantes para seguir sus pasos. Nada más salir por la puerta Jeremy le rodea el cuello con el brazo y presiona con el otro en ángulo recto:

-¡Se acabo la farsa! ¿Quién cojones eres?

-B...Bill… Bill Evans.

-¿Dónde tienes la cartera?

-En el bolsillo de atrás...del pantalón.

Jeremy libera por un momento el brazo vertical, busca con una mano el permiso de conducir.

-¡No te muevas o será peor!

El nombre es el que figura en el documento:

-Bien, no sé quién cojones eres, Bill Evans, pero no vuelvas a acercarte a mí. Espero que haya quedado claro.

-Joder, amigo… no sé qué mierda tienes en la cabeza pero no es lo que te imaginas…

Jeremy arroja a Bill al suelo, recoge la maleta y desaparece con grandes zancadas en dirección a la iglesia mientras Bill se friega el cuello para hacer volver algo de oxigenación.

Será muy difícil evitar que Jeremy lo oiga entrar en la iglesia… la solución obvia es… entrar primero. Dando un rodeo sin que le vea. Empieza a correr como alma que lleva el diablo mientras suena You lie de The lynx.

***

-¡Buen disparo!

-Uuuuh, sí.

Max y Walter hacen también de animadoras mientras Phil supervisa la operación y Perry obtiene aquello por lo que ha pagado.

-Eh, no ha estado mal- se reconoce Perry a sí mismo. -Bueno, todavía queda el anciano, ¿no?

Mira la hora: -Creo que me dará tiempo.


-Ha ido por allí- señala Walter

-Vamos a por él.

Por algo a Phil no le gustan las sorpresas.


Al poco le están dando caza al son de Rebel rouser interpretada por Duane Eddy.

No hay mucho sitio donde esconderse pero logra encontrar cobertura tras unas rocas que obligan a la batida a hacer un giro cerrado y pararse a escrudiñar cada piedra:


-¡Vamos, sabemos que está ahí! ¿De qué tienes miedo?

Están detenidos esperando ver por donde asoma la cabeza.

-Recordad que tiene una bala.

-Sí, tal vez pueda tener la cortesía de ahorrarnos el trabajo.

Walter y Max vuelven a reír hasta que una bala atraviesa el cráneo de Max a través de la cuenca ocular.


-¡Coño! ¡O ha sido un golpe de suerte o el tipo es bueno!

Phil está sorprendido a la vez que impresionado, ni nervioso ni afligido.

-¡Pues menos mal que no le hemos dejado las seis balas!

Perry está emocionado con el nuevo reto.


-Walter por favor, podrías…

El cuerpo de Max aún presenta algunos espasmos en una pierna fruto del daño cerebral sufrido.

-¿Eh?

-Súbelo a la furgoneta. Gracias.


Perry sigue con su macabro juego:

-Se esconde bien el condenado.

-Ya sólo es cuestión de paciencia- sentencia Phil mientras escruta las rocas en busca de algo que se mueva.

Están tan obcecados buscando a su presa que cuando notan el olor a gasolina del charco que empieza a acumularse bajo sus pies apenas tienen tiempo de girarse.

En la parte de atrás de la camioneta, al lado de los cadáveres de Max y Walter, junto a unos bidones de gasolina vacíos bajo una manta, una chica vestida de azafata, con las medias y el uniforme destrozados y cubierta de sangre enciende una cerilla. No querría que se apagara al entrar en contacto con el líquido en el suelo por el golpe, la sopla para que prenda la madera con la dulzura del primer beso. Y la deja caer. Suena A little bit of soul de The music explosion.

Los dos hombres envueltos en las llamas intentan huir del foco de calor que les está consumiendo olvidándose hasta de las armas, entre gritos agónicos, intentan rodar por el suelo. Un hombre curtido sale de entre las rocas con una camisa blanca desgarrada y empuñando el revólver por el cañón y el tambor deshace la culata en la cabeza de Phil sin el más mínimo rastro de humanidad.

Perry ha llevado la peor parte, ha apagado las llamas rodando pero se encuentra boca arriba con los brazos y dedos en una posición extraña como resultado del efecto del fuego sobre los tendones. La chica baja de la camioneta y camina despacio hacia él con una hacha que parece aún más grande en sus manos.

Descalza, llena de magulladuras, con las medias rasgadas y restos del maquillaje repartido como un revoltijo por toda la cara, se sitúa a su lado, apenas puede moverse y sólo tiembla un poco. Al verla hace un amago de risa: -C...coño...¿una azafata?

Levanta el hacha con las dos manos y la deja caer con un golpe seco contra su frente:

-No olvide despejar... la salida de emergencia.


El caballero británico se acerca a ella poco a poco, la rodea con el brazo y empieza a liberar toda la tensión acumulada: -Vaya vuelo de mierda, eh.

Busca su mirada inclinando un poco hacia abajo la cabeza:

-Creo que en el futuro… elegiré pasillo.

Suena In the morning de Bobby and the farraris.

***

Bill está agazapado, sudando por cada poro de su piel, en el rincón más oscuro de la iglesia que ha podido hallar. La distancia ha sido la suficiente como para poder sacar bastante ventaja a Jeremy.

No tarda mucho en hacer sonar los goznes de la puerta, toma asiento en un banco, deja la maleta a un lado y parece rezar o tal vez sólo descansar. Es el único momento en que Bill lo ha visto relajado. Es el momento.

Bill busca en el bolsillo de su cazadora y saca una pistola de plástico de color naranja cargada con una gruesa bengala. Suena My house de TheBaytovens.

Camina muy despacio, sacrificando toda la velocidad para no hacer ningún ruido. Si Jeremy abriera los ojos en ese preciso momento… Acelera en el último tramo y coge la maleta retrocediendo unos pasos y apuntando a Jeremy cuando éste ya está de pie apuntándole a él.


-Es una muy mala idea.

El tono de Bill cuando contesta ya no es el de la farsa anterior:

-No lo quiero. Pero necesito saber qué es.

-Joder ¿qué es eso? ¡Si ni siquiera es un arma!

-¿No? ¿Quieres ver que tal sienta una bengala clavada en el puto pecho?

-¡No son asuntos de tu incumbencia! ¡Suéltala y vete!

Bill sonríe ante lo surrealista de la situación:

-No lo entiendes, es que necesito una expl…


-Les ruego que guarden esas armas. Estamos en la casa del señor.

-¡¿Quién coño es este tío?!

Bill se refiere al hombre vestido de negro que acaba de aparecer bajo el altar sin que ninguno de los dos lo vieran.


-Soy el padre Nathan. Y tengo lo que ambos buscan. Bajen las armas, por favor.

Ambos parecen dudar, Bill hace un pequeño amago pero finalmente deja el brazo del arma paralelo al cuerpo, exhausto. Jeremy la baja de forma continua pero algo más despacio.

El hombre de negro continúa:

-Eso que usted tiene… no le pertenece. Ni siquiera lo comprende.

Bill lanza la maleta al suelo, exhausto:

-¿Qué es eso?


El padre Nathan sonríe bajando la cabeza:

-¿Lee usted…?

-¿La biblia? No. Es la segunda vez que me lo preguntan hoy.


Nathan sigue sonriendo, aún, de manera bastante extraña. Como contemplando una pequeña broma del destino.

-Le iba a sugerir un clásico reciente de la literatura inglesa, RL Stevenson. Tiene un relato llamado “El diablo en la botella”, léalo.

El padre Nathan se agacha para recoger el maletín con cara de estar recogiendo una cagada de perro. Ya en pie con la maleta en la mano se dirige a la salida junto a Jeremy, se detiene y se gira un momento:

-No se crea todo lo que lea, pero puede empezar por ahí.

Ah y una cosa más.

No está de más… saber lo que dice la biblia.

Aunque sólo sean… ya sabe, tonterías.

Hace un gesto extraño con la mano a la altura de la cabeza y desaparece por la puerta.

-Buenos días, señor Evans.

Y tras Jeremy se cierra la puerta antes de que Bill pueda cerrar la boca.

Suena I heard it through the grapevine de Creedence clearwater revival.

***

Se ve a Nathan desechando la maleta frente al maletero y abriendo un cofre viejo, muy trabajado con una llave grande. No se ve lo que introduce pero tira un trozo de tela oscura encima y lo cierra.

El siguiente plano es del interior de la basílica de St Louis, centrado en el rosetón mientras lo atraviesa la luz. Alguien camina con el cofre y alguien lo recoge. Un bondadoso sacerdote con cara de no haber roto nunca un plato ni enterarse de nada, un poco gangoso, pide por teléfono un "correo especial a la santa sede”, para St Louis.

La fachada de la basílica de St Louis mientras suena la versión de Lucas King de The house of the rising sun. La cámara se aleja como desde un vuelo de paloma o sobrenatural.

***

Gran Maestre, el correo especial de St Louis.

-Oh, vaya. Nunca entenderé como pueden extraviarse estas cosas.

Su actitud, harto descreída, denota más desdén que otra cosa.

El anciano abre la caja y extrae una botella panzuda con el cuello muy largo, con un contenido blanquecino por el que flota un extraña luz que pareciera ser de fuego y sombra.

Se dirige a una pared con diversas casillas metálicas hechas a medida, con el aspecto de tener varios siglos, si no milenios, y con una cierta estructura jerárquica.

Una grande arriba, otras tres más pequeñas abajo y muchas otras de diversos tamaños y formas en diferentes constelaciones, unas celdas llenas y otras vacías. Coloca ésta en el hueco a la izquierda de las tres mayores:

-Astaroth. Después de 700 años… Cuánto tiempo.

La cámara toma el lugar de la botella y se cierra la puerta dejándola a oscuras. Se oye el ruido de tres vueltas de candado.

Créditos mientra suena My girl Josephine de Sandy Nelson.

 

13. Epílogo


-Usted es Raoul, ¿no?

-Sí, soy yo.

Se levanta el gorro de paja para ver al empleado desde la tumbona.

-Tiene una llamada a cobro revertido del señor Bill Evans, ¿desea aceptarla?

-Sí, claro.

Empieza a sonar Let there be drums de Sandy Nelson.


-¿Quién es Bill Evans?

Sarah se da la vuelta y se despereza un poco.

-Por aquí, por favor.

El empleado le muestra el camino al teléfono.

-Ehh… un amigo.

Responde Raoul mientras se aleja.

-¿Y cómo tiene este número?

***

-Más grande. Más grande. Más.

-Tres líneas.

-¡No! Quita lo de “en Mojave” y deja sólo lo de “cacería humana”.

-Ok... ¿así?

-Perfecto.

El empleado le mira con expresión de hastío.

-¿Qué?

-De verdad disfrutas con esto, ¿no?

-Sólo en la medida que confirma mis tesis.  El mundo se va a la mierda Frank, se va a la mierda (mirando a cámara). Envíalo.

Bonus track: Teen beat de Sandy Nelson.

 

***FIN***